Los maestros salvando a la república

opinon
Gladys Seppi Fernández
Si a cada aula, a cada momento de la clase los cubriera esta red de un tiempo nuevo, si cada docente enseñara convencido del poder de su acción, de su poderosa fuerza transformadora, si cada uno aplicara su buen criterio para solucionar los infinitos problemas que llevan los chicos y adolescentes a la escuela constituyéndose en guías maduros…¿no cambiaría la escuela?
¡Puede tanto cada docente desde su aparente humilde misión! Puede, aunque esté cansado, mal pagado, descorazonado. Es más, debe transmitir esperanza en el porvenir. Debe.
Cientos lo entienden así, y a pesar de las dificultades, de las contradicciones siguen en su tarea de iluminar senderos, de orientar con vocación y amor. Y son los ganadores, porque trabajan con alegría. Pues si hay cientos así, ¿por qué no ha de haber miles, cientos de miles? ¿Es un sueño irrealizable? ¿Qué puede hacer un maestro para salvar la república? ¡Vaya tarea la que se le encomienda!
Sin embargo -creemos-, sí puede. Estamos cambiando.
El contacto con cada alumno, esa promesa que puede constituirse en solución del mañana, puede ser una siembra de amor y esperanza, una lección de amor a la vida.
Cada palabra, cada gesto es una lección de vida.
¡Puede tanto cada docente desde su aparente humilde misión! Puede, aunque esté cansado, mal pagado, descorazonado. Es más, debe transmitir esperanza en el porvenir. Debe.
Cientos lo entienden así, y a pesar de las dificultades, de las contradicciones siguen en su tarea de iluminar senderos, de orientar con vocación y amor. Y son los ganadores, porque trabajan con alegría. Pues si hay cientos así, ¿por qué no ha de haber miles, cientos de miles?
Si a cada aula, a cada momento de la clase los cubriera esta red de un tiempo nuevo, si cada docente enseñara convencido del poder de su acción, de su poderosa fuerza transformadora, si cada uno aplicara su buen criterio para solucionar los infinitos problemas que llevan los chicos y adolescentes a la escuela constituyéndose en guías maduros…¿ no cambiaría la escuela?
Es cuestión de cargarnos de una nueva fe. De creer que cada pequeña actitud forma parte de una gran sumativa que arroja carradas de riquezas -tan cuantificable como la moneda norteamericana- a las arcas del tesoro nacional.
Es cuestión de advertir que entre todos ponemos en movimiento la gran rueda de la República que ahora está sumergida en el barro y que no vendrá ningún extraterrestre a moverla a menos que sea con el mezquino interés de despojarnos. Si lo advertimos haremos la gran revolución: la que suma todos los “yo” que somos. La que confía en el valor de cada uno y al devolver la confianza devuelve el poder.
Y, ¡qué bueno! Esa revolución se está dando. Tal vez sea la reacción extrema de la crisis. Cuando un país está al borde del suicidio, la imposición de la vida obliga a hacer.
Sólo nos queda sumar a los más en la acción, en las actitudes creativas que, cuando se las deje salir serán muy potenciadoras.
Y ése es el cambio, no hay otro, por más que el discurso de algunos -con evidente nostalgia colonialista- siga prometiendo milagrosos remedios o buscando culpables ajenos, lejanos. Otros.
Pero el desafío mayor que se nos ofrece está en la voluntad de cambiar, en la firme decisión de hacerlo.
La convicción nos llega con la derrota de aquellas voluntades todopoderosas que levantando la soberbia y testarudez del “Yo tengo convicciones firmes y a mi nada ni nadie me hace cambiar” fundaron una autoridad que se les ha caído a pedazos. Porque esos “ Yo sé lo que hago” con que se suele responder a cuestionamientos, declinando necesarios debates y participación de ideas, ha producido, paradójicamente, un país que no acierta a saber qué es y que no atina a saber qué bandera flamea en su mástil.
En la derrota evidente de esos paradigmas o modelos está la hora del cambio.
De todas maneras lo que la realidad nos pide, en primera instancia, es mirar la realidad desde otra perspectiva, una nueva focalización de la atención que debe descender de los altos ministerios, de las providenciales fuerzas, del cielo, de dioses protectores, hacia los que somos cada uno en la misión de cada argentino.
Aquí, atendiendo al aquí y al ahora de todos los habitantes, recibiremos la gran sorpresa.
Porque…¡Vaya si nos hemos menospreciado! ¡Cuánto hemos menoscabado el genio del otro, del compañero, del subalterno, de vecino de al lado!
Sin embargo, en el aporte de cada uno es donde anidan las buenas ideas que podemos empezar a atender, despertar y aún más, estimular, en nosotros están las soluciones criteriosas que debemos respetar y alentar, talentos que hay que dejar que hagan lo suyo aquí, ahora, los vecinos, nosotros, cada uno. En nuestra tierra.
Es la Argentina una gran colmena aún.
Los obreros tendremos que constituirnos en tales, poner las antenas a punto, dejar hacer a la humana intuición, despertar a los zánganos y ponernos a trabajar todos en pos de la mejor miel, que, justamente ahora está siendo muy bien recibida en el exterior.
La Nación es un gran panal.
Es cuestión de obrar racionalmente y darnos cuenta de lo que somos.
Escritora y docente

La medida del exito

opinon
Gladys Seppi Fernández
El éxito, ¿quién no lo desea? Sin embargo, ¿cuál es su medida? ¿Cómo lograrlo?
Para muchos, el éxito se mide por la distancia que hay que recorrer para apropiarse de un bien ajeno, un terreno, una casa; en tanto que para otros es llegar a fin de mes pudiendo cubrir las necesidades básicas; para muchas jóvenes es conseguir esos gloriosos segundos en que la mirada de una cámara enfoca su esbelto cuerpo, destacándolo como objeto deseable. En fin, el éxito tiene tantas medidas como seres lo definen y desean.
Lo que sabemos es que el éxito está en la preocupación de todos, tanto en las mesas de conversación familiar como social y es una palabra que se pronuncia a diario haciendo referencia, generalmente, a un artista, a un profesional, a un político, a un deportista.
Las pantallas de la TV le dan esplendor al exitoso, aunque demasiado pronto se dirigen a otro objetivo, y así, nos enteramos de escándalos creados porque se considera que de ese modo se logra tener fama aunque se trate de un triunfo banal, fugaz, de circunstancia, que tan pronto pasa necesita ser nuevamente encendido con más escándalos y llamados de atención dirigidos al público afecto a lo puramente anecdótico. Sabemos que ese éxito ruidoso, lamentablemente, es el que más admiran nuestros jóvenes, el que más los confunde aunque, esa palabra esté desteñida de su significado genuino, vital y fundamental para la vida.
Es en este sentido como consideramos aquí la palabra “éxito”, entendiéndola en tres dimensiones: Profundidad, longitud y extensión.
Desde el punto de vista profundo, el éxito echa sus raíces -o debiera- en el conocimiento de lo que uno es, en las habilidades, destrezas, inclinaciones personales de que ha sido dotado y a cuyo desarrollo y perfeccionamiento dedica esfuerzos y atención.
De esa manera, siendo fiel a las capacidades y talentos propios, conociéndose, auscultándose, inquiriéndose, es decir atreviéndose a cuestionarse, cada persona se pone como meta lograr lo más que pueda llegar a ser, en el cumplimiento y perfeccionamiento de aquello para lo que cree haber sido llamado.
Partiendo de ese centro interior y personal el individuo dirige sus fuerzas hacia sus hábitos, estudios, en la búsqueda del éxito en su tarea sin decaer ante la adversidad y los obstáculos que siempre aparecen, transformando cada inconveniente y caída en un motivo de superación. Es decir, practica en sí mismo lo que se llama resiliencia, se hace más fuerte y resistente, y, aunque parezcan sólo palabras, para ese individuo, cada fracaso es un motivo de aprendizaje.
Imaginamos entonces cuánta satisfacción ha de sentir en cada tramo del camino, cuánto agradecimiento ha de brotar de su espíritu ante cada logro y cuánto entusiasmo y sentimiento motivador han de impulsarlo a buscar más y mejores resultados, como dijo un gran filósofo, “cuando llegues a la cumbre, sigue subiendo”.
Entendido así el éxito es una cuestión personal, tal vez no aparezca un canal televisivo, – ¡están tan ocupados en lo novedoso!- a buscar el testimonio de alguien real y profundamente exitoso, pero su plenitud y satisfacción se parecen mucho a lo que llamamos felicidad.
En cuanto a la dimensión en longitud, consideramos el éxito como un camino extendido a través de las etapas de la vida, de largo alcance, y tanto es que, desde que nacemos nos educan, generalmente, para ser profundamente exitosos. Desde entonces la genética y el entorno nos pueden brindar una buena cuota de optimismo y fe en la vida y en nuestras posibilidades, la confianza básica de que habla Erickson nos pone en un camino más o menos iluminado. De cualquier manera siempre está en cada uno ir encendiendo antorchas, diciendo “puedo” con el convencimiento de que se tiene fuerza y voluntad para lograr y dar consistencia a la meta propuesta.
En la adolescencia debiera darse la búsqueda de individualidad hasta encontrar la propia autenticidad. Entonces pueden desarrollarse, a conciencia, hábitos que templen el espíritu de lucha, que fortalezcan los propios sueños, que den solidez a los valores humanos para vencer una actitud derrotista y pesimista, la peor enemiga del éxito verdadero.
Luego, en la adultez, el ser humano puede agradecer y valorar conscientemente sus logros e integrarlos a la totalidad de su vida. A partir de esa edad y hasta el final de sus días, la persona que tiene una vida exitosa se siente autónoma, es decir conductora responsable de su propia existencia, singular y única, porque ha utilizado sus propios medios y no los imitados en la consecución de sus metas; competente consigo misma, ya que se ha centrado en un aspecto que siempre puede crecer, poniendo en ejercicio su capacidad creativa y también con espíritu de apertura hacia los demás, familia, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos. Y esa apertura a los demás habla del éxito en la dimensión de la extensión.
De esa manera, la persona que ha tomado conciencia de su valor singular y de su enlace con la vida de los demás, comparte sus logros con sus semejantes, con quienes se siente humanamente identificado.
Quien tiene éxito, madura, aprende de los otros, acepta y corrige errores, aprovecha las oportunidades sin perder la mirada puesta en el futuro y disfrutando de lo que ha obtenido y, como lógica consecuencia, expande su imagen decidida, firme, constructora y creativa generando empatías y hasta admiración sin premeditada intención de hacerlo, porque no se distrae en la opinión ajena.
El éxito, entonces, recorre un largo camino para ser real, no confunde lo esencial con lo transitorio y fugaz. Muchos que van tras un éxito ilusorio, suelen perder su propia dirección y se sumergen en sueños imposibles que dependen o involucran a los otros cuyo reconocimiento se apetece.
El éxito real es, en fin, integrador de la persona, la que sabe disfrutar de cada logro evitando el estrés, la competencia, la comparación, todo lo cual relativiza, porque siempre hay alguien que tiene más, que logra más. El éxito, en fin, es verdadero cuando su recorrido nace y permanece en el centro de cada ser.
Escritora y docente

Liderazgo y salud mental

opinion


La salud mental determina que una persona es sana cuando mantiene un equilibrio con el entorno socio cultural, es decir cuando tiene equilibrio racional y emocional.



Gladys Seppi Fernández
Entre las exigencias para desempeñar cualquier cargo, en toda jurisdicción y  categorías, el aspirante debe presentar, al menos, certificados de estudios cursados, idoneidad y,  especialmente, de aptitud física y mental.
Sin embargo, esta exigencia no existe para los cargos políticos. Es cierto que en ese campo se encuentran personalidades destacadas, capaces y hasta brillantes, pero suele ser el amiguismo, el parentesco, la cercanía, el asistir a reuniones partidarias o desempeñarse como hábil transmisor de propósitos que halagan y suenan prometedores, lo que ha otorgado el pasaporte válido para ingresar al mundo de la política.
¿Presentó la dirigencia política alguna vez los certificados exigibles a cualquier postulante? ¿A quién? ¿Quién se atreve a solicitarlo?
Grandes ruinas se han desencadenado a partir de esta negligencia evidente.
La salud mental determina que una persona es sana cuando mantiene un equilibrio con el entorno socio cultural, es decir cuando tiene equilibrio racional y emocional.
La nueva ciencia de la Psicopatocracia estudia la enfermedad de los psicópatas que ocupan puestos de liderazgo.
En “El poder y la enfermedad”, David Owen, neurólogo y ex ministro laboralista británico, analiza  los costes del desequilibrio emocional de políticos como Nixon y Yeltsin, quienes han padecido el llamado Síndrome de  Hybris cuyo rasgo determinante es “emborracharse de poder e incurrir en el iluminismo caudillista, aumentado por la adulación del entorno”. Esta enfermedad se distingue también porque quien la padece “no  soporta ser criticado, se percibe imprescindible e insustituible para el lugar, ciudad, provincia o  nación que dirige”.  -Según palabras del mismo Lowen.
A esto se suma su particular convicción de que lo saben todo, de que aciertan siempre en sus decisiones, que no necesitan a los demás, por lo que terminan separándose emocional y prácticamente de la realidad en la que viven, es decir se ubican en un mundo irreal.
Francisco Traver Torras, español,  al estudiar el deseo de empoderamiento se pregunta:      ¿Es que el deseo de poder, tan poco observado hasta hoy, carece de valor en las relaciones humanas?
Y se responde citando a Alfred Adler: “La voluntad de poder es tan importante como las pulsiones sexuales”, a lo que, siguiendo el orden de sus razonamientos, puede agregarse: tan vitales como posiblemente destructivas.
Veamos a propósito el caso de España. Quienes estudian la anomalía psíquica de la que suelen ser víctimas algunos políticos, consideran a José Luis Zapatero como uno de sus modelos y sostienen que los males que sufre actualmente España son la consecuencia de su accionar enfermo.
Entre sus argumentaciones citan las siguientes características: cambios de humor y de rumbo, contradicciones, empleo descarado de mentiras, obsesión por las reformas, odio al adversario, compra de votos con el dinero público, torpeza en el manejo de los asuntos internacionales. La actitud suicida de quienes padecen esta enfermedad del poder- dice Traver Torras- lleva a su destrucción y arrastra irremediablemente al pueblo.
En Argentina, muchos dicen en voz baja que tal o cual dirigente, gobernador, diputado, juez, está enfermo o enferma, pero son  demasiados los que, haciendo gala de total indignidad, bajan la cabeza ante el jefe, cierran los ojos, aplauden, caminan ciegos al abismo al que esta conducta encamina.
Algunos se preguntan qué pasó con determinado político que, llegado al poder, perdió la cordura. Otros refutan la validez de exigir certificados de salud mental antes de que asuman porque es en el ejercicio del poder cuando cambian, pero los estudiosos avisan que se puede anticipar la enfermedad de la Psicopatocracia, a través de uno solo de los síntomas: la arrogancia.
Advierten además que ningún dictador sería posible si no la padeciera y se sumara a esa predisposición la veneración colectiva que tienen las masas frente al poder.
Cuando los que gobiernan padecen esta patología,-favorecidos por el desvalimiento, la ignorancia y el desamparo de quienes los siguen- llevan, según nos enseña la filosofía de la historia,  a que éstos paguen las graves consecuencias de ser dirigidos o gobernados  por  líderes enfermos.
El descubrimiento de esta enfermedad extendida en el mundo, a la que se ha dado un nombre nuevo pero que es tan vieja como las sociedades humanas, invita a estar atentos a sus síntomas en cualquier lugar en que se dé, a  tomar conciencia de sus riesgos y a tratar de ponerle remedio.
Escritora y docente

La responsabilidad de elegir

opinion“El hombre que no puede elegir, ha perdido la conciencia humana” (Anthony Burgess).

Gladys Seppi Fernández (*)
En estos días los argentinos debemos votar, es decir haremos frente a una acción que, aunque repetida, puede o no convocar, remover, activar y poner en marcha el espíritu, la voluntad y el entusiasmo cívico que debiera animarnos, el sentido de responsabilidad que en este país se va dando en un lento proceso de maduración.
Desde hace años se estudia en nuestras escuelas una materia cuyo objetivo es la formación cívica, pero creemos que aún no hemos logrado transformarnos en auténticos ciudadanos.
¿Cuál es la causa? Si ampliamos la mirada apuntando a lo heredado, deducimos que hasta hoy las mayorías argentinas han sido conducidas, guiadas, sin que se aliente su propia capacidad de elección, por lo que la materia aludida se limita a dar conocimientos teóricos, recitados memorísticamente, formulados con tan escasa convicción que no logran acciones realmente creativas, activas, participativas: el auténtico civismo que nos haga sentir la pertenencia a una nación.
Los países que van a la vanguardia del progreso humano, en cambio, llevan a su país en sus huesos y en su sangre y saben y sienten que ellos, cada habitante, es la Patria mayúscula.
De esa manera el carácter cívico, es decir el compromiso, la lealtad, está no sólo en el sentir sino en el obrar para construir su grandeza.
Algunas anécdotas dan cuenta del accionar cívico de ciudadanos realmente convencidos de su valor.
Recordamos, por ejemplo, el caso de unas ancianas londinenses que consideraban que no sólo tenían que votar-pese a que la edad las eximía-, sino que debían hacer cuánto estaba a su alcance para que el candidato que juzgaban más probo, el que más haría por la gente, actuaría con más inteligencia, ganara.
Así fue como, con el único apoyo de su bastón se encaminaron a golpear puertas para hablar con sus conciudadanos sobre las razones por las que todos se beneficiarían si tal candidato ganara.
Muchas puertas se les cerraron. Sin embargo, otras tantas se abrieron dispuestas a dialogar para dilucidar cuál sería la más inteligente manera de votar. Sin fanatismos, sin ataduras, sin compromisos.
Así, dispuestas al cambio, con el propósito de apuntalar al bien de su país, sostuvieron argumentos, reconocieron otras posturas y dieron el ejemplo de participar genuinamente, a corazón abierto en lo que es de interés común.
En cuanto a los argentinos
Los argentinos nos consideramos muy patriotas: rendimos homenaje a los símbolos nacionales, nos emocionamos cantando nuestro himno, vivamos y exaltamos a los deportistas y otros representantes del país ante el mundo, creamos mitos populares, endiosamos a algún dirigente, ponemos en un altar a ciertos personajes, tomamos mate, bailamos el tango y nos enorgullecemos porque el Papa Francisco es argentino.
Pero, ¿hemos superado la actitud “cholula” del que alienta a unos pocos protagonistas, los aplaude, viva desde la tribuna a los que se desmayan tras una pelota y sigue plácidamente, desde la comodidad de un sofá, las alternativas de un debate o un exaltado discurso político?
Tal vez la madurez cívica, presente en algunos países no nos ha alcanzado todavía. Tal vez estamos transitando una demorada adolescencia política y no nos atrevemos a enfrentar las luchas, las responsabilidades. Tal vez, como ciudadanos, somos muy inmaduros aún.
¿Por qué lo decimos? Para ubicarnos en el estadio que atravesamos podemos remitirnos a lo que Erich Fromm afirma en su libro “El miedo a la libertad”:
“En el animal hay una cadena ininterrumpida de acciones que están predeterminadas por el instinto, que él obedece ciegamente. En el hombre que ha pasado la niñez y la adolescencia, protegidas, contenidas y dirigidas, el curso de la acción es producto de una libre elección. El hombre maduro- no todos los adultos lo son- valora diversos tipos de conducta posible, piensa, modifica su papel, pasa de la adaptación pasiva a la activa. Crea.” Aplicando estas ideas a la formación del hombre cívico, podemos inferir que el proceso de individuación nos pone frente a la necesidad de separarnos de la masa que nos contiene y protege, y, aunque esa separación nos hace sentir solos y aislados, nos pone de pie en el camino de la libertad e integridad personal.
Si en la niñez necesitamos de la contención y dirección paterna y en la adolescencia descubrimos nuestra fuerza individual, nuestra capacidad creadora y nuestra responsabilidad de construir nuestro ser, maduramos cuando afrontamos los riesgos de la autonomía y la libre elección.
En estos días vamos a elegir. Ojalá lo hagamos con madurez, liberados de obediencias debidas a una tradición, “mi familia es del partido”, de compromisos, “le debo tanto a este dirigente”, de miedos, “me han amenazado con quitarme el subsidio o el puesto”.
Debemos hacerlo a conciencia. Y la conciencia no suele equivocarse
 Escritora y docente

Llamado a la espiritualidad



“La espiritualidad permite vivir con reverencia el misterio de la existencia, con gratitud el don de la vida y con humildad el lugar que ocupamos en el universo” (Leonardo Boff).




 Gladys Seppi Fernández*
Como seres humanos tenemos las puertas abiertas a la espiritualidad,  pero mientras  algunos, pocos en realidad, pueden y  se atreven a traspasarlas y a asumir la desafiante, incierta y extraordinaria aventura de vivirla, la mayoría se queda del otro lado, repitiendo pasos y atado a lo material, que es más asible, visible, real y concreto.
El tema de la espiritualidad, del  ser espiritual, asoma en las conversaciones, en los textos, en las promesas que nos hacemos a nosotros mismos de vivirla plenamente más que evocarla, pero es sólo un chisporroteo  que se desvanece, tal vez porque estamos confundidos con su auténtico significado.
Parece una palabra etérea e inalcanzable y se cree que si se va  a la iglesia, si se adora y reza a un Dios, si se da la limosna que aconseja el evangelio, se ayuda  al necesitado y se cumplen los preceptos y cada uno de  los mandamientos, se es espiritual. Se confunde espiritualidad con religiosidad o se coloca en una connotación abstracta a la que es difícil acceder.
Espiritualidad se asimila a calidad humana, ya que el que vive espiritualmente,  es quien logra zambullirse en su profundidad, en su ser auténtico y una vez que ha reconocido aquello que hace su vida valiosa, se afirma en su existencia, se encarna en el mundo y desde un sentimiento de unicidad y autonomía,  timonea la construcción de su destino, la de su ser verdadero. De esa manera,  fiel a sus mandatos íntimos, el ser espiritual llega a sentirse pleno, auténticamente humano, crecido en sí mismo y desbordante  de amor al prójimo.
La palabra espiritualidad ha tomado vigencia hoy con la proximidad del Papa Francisco a su  llegada a Brasil. A todos nos abarca el calor  de quien, como nuestro sol, tiene luz propia y  la irradia generosamente, da, traspasando barreras. Francisco no es una estrella que refleja lo prestado, lo ajeno. No es una intermitencia que enceguece para empalidecer a los que se acercan: Tiene una usina propia tan fuerte que nadie puede dejar de percibir.
En este hombre que enorgullece al ser argentino y que trasunta en gestos, palabras y obras un humanismo cabal, está el ejemplo de una espiritualidad tan auténtica, tan brotada de su interior, de su formación humana, que no se necesita pertenecer a su Iglesia, a ninguna iglesia,  para sentirla y acogerse al beneficio de su calidez.
Por eso lo siguen millones, y la juventud, necesitada de modelos, se ha puesto bajo su cobijo. Este hombre que ha llegado a Papa, máxima autoridad de la Iglesia Católica, trasciende su propia religión, y se transforma en Faro del mundo, un fenómeno que hoy llama la atención y es obra de su carisma apostólico. Por eso  es tan seguido. No para deslumbrar ni enceguecer como pretenden quienes se consideran líderes y no son otra cosa que ídolos de barro.  Nada más reñido con el propósito de un Ministerio intensamente vivido. Su generosa espiritualidad  borra distancias, pone al otro de pie, no de rodillas; lo invita a asumir su propio destino y le permite descubrir  que él, que  es el Papa y no  Dios, no puede responsabilizarse de los ruegos, pedidos de ayuda, búsqueda de soluciones y respuestas  de millones que lo siguen. Pero, aún así les indica el camino de la esperanza.
Él viene para contagiar su energía, para impregnar al otro, a los otros,  de confianza en sí, de la fuerza nacida en su propio poder, que debe ser  encendido. Tal vez su presencia sea el chispazo que, creciendo, ilumine las cavernas interiores de cada hombre y lo lleve a desarrollarse, desde adentro hasta su plenitud.
Ni seguidores, ni imitadores, ni aduladores, ni enfermizos aplaudidores. Tampoco la ciega devoción que despiertan los ídolos populares en sus fanáticos.  El propósito de un hombre como Francisco es despertar la espiritualidad del otro. Una nueva y original revolución que, tal vez sin saberlo, estábamos esperando. Y  necesitando.
Francisco puede calar hondo en la vida de millones. El efecto de su presencia puede hacer el milagro. Sabrá encontrar las palabras, los gestos que, por fin, transcurridos millones de años desde la pérdida de la inocencia inicial que mantenía al hombre  protegido como un niño en el útero del paraíso, inviten a soltarse, a recorrer la difícil pero necesaria etapa de la búsqueda de la  identidad, del ser único e irrepetible, responsable de su destino.
No ha de ser la visita del Papa a Brasil sólo la demostración de un gran liderazgo, de  la sumisión  ciega a la autoridad máxima de la Iglesia Católica. Tocados por la fuerza de su humanidad ardiente, millones de seres serán llamados al cambio, hacia un actuar maduro.
Y la madurez humana está sumida en la  vida espiritual, en ser autónomo, completo.
*Escritora y docente que ha producido 18 libros. El último: Leer es ver, un libro para la comprensión de los textos.
El tema de la espiritualidad, del  ser espiritual, asoma en las conversaciones, en los textos, en las promesas que nos hacemos a nosotros mismos de vivirla plenamente.

La palabra espiritualidad tomó fuerte vigencia hoy con la proximidad del Papa Francisco a su llegada a Brasil.

A falta de educación sexual, la práctica sin riesgos

GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ 
La educación sexual en la escuela demanda muchos, quizá demasiados recursos de formación docente, inexistentes hoy. Y esa es una consecuencia natural del hecho de que a casi la totalidad de los adultos nunca se nos revelaron conocimientos que permanecían tapados bajo el pesado bloque del tabú sexual.
Ni padres, ni abuelos se atrevieron a pensar en lo necesario, y más aún bueno y sano, que hubiera sido saber sobre los misterios de la vida, ocultos tras mitificaciones de cigüeñas o repollos y otros cuentos cuya intención era ocultar el tan pecaminoso acto del amor.
Ahora nos asombramos por el cambio de las costumbres que no sólo han desvestido el tabú sino que le han permitido que, salido de sí, se desorbite y vire hacia el punto más extremo, de manera que los adultos quedamos invalidados ante un envalentonamiento incontrolable de lo sexual, que no sólo ha traspuesto sus propias barreras, provocando el generalizado enmudecimiento de los mayores, sino que ha tapado la boca de la antigua autoridad que nada parece poder decir para proteger a los menores del descontrolado destape erótico de hoy.
Opción expeditiva
Las autoridades educativas actuales, sin poder escapar al fracaso de algunos incipientes intentos de impartir la educación sexual, optan por lo más expeditivo: instruir sobre métodos anticonceptivos.
En esa tarea se han puesto hace tiempo los ministerios de Educación que imparten directivas muy claras sobre la utilidad y uso del condón, sobre pastillas y tantas otras maneras de evitar embarazos indeseados y también, por cierto, enfermedades de transmisión sexual, lo que, según estudios recientes, no ha hecho otra cosa más que incentivar la curiosidad adolescente y el deseo de experimentar su sexualidad, liberados de todo compromiso y responsabilidad.
Y ahora, el anticonceptivo inyectable. Nos preguntamos cómo puede operar esta promesa de máxima seguridad anticonceptiva en las mentes púberes y adolescentes, y casi al instante nos respondemos que obrará como un gran estímulo para que la actividad sexual desatada por contagio social crezca más todavía, por fuera del circuito ponderable que establece la ley, tales como ser de condición humilde, no tener obra social o haber padecido un evento ginecológico reciente.
¿No creen ustedes que estas últimas noticias actúan como un poderoso tonificante de la curiosidad natural de los chicos, como un estímulo o aliciente a probar? Puede que sí o que no, pero la obligación adulta es estar atentos.
¿En qué consiste el nuevo método inyectable anticonceptivo?
Los artículos científicos nos informan que los hormonales inyectables como anticonceptivos surgieron, al principio, con un solo componente: un derivado de la progesterona, que se llama progestina. Estos inyectables fueron de aplicación mensual, bimensual o trimestral.
Después de una investigación clínica, se vio que si se le agregaba un segundo componente hormonal, derivado del estrógeno, podía asegurar en la mujer ciclos menstruales más regulares y alta eficacia. Algunos estudios, hechos en América latina, inclusive comparan su efectividad con la esterilización quirúrgica.
Es más práctico respecto de otros tipos de anticonceptivos sujetos a la disciplina de la toma diaria. La píldora es igual de eficaz, pero requiere de una rigurosidad en la administración que a veces se vuelve complicada.
Posibilidades
Bueno es este recurso para aportar a la planificación familiar –es decir, empleado por personas maduras– pero, ¿qué efecto puede producir en la mente de los chicos si es el Estado el que lo recomienda?
¿No sería más directo, efectivo y sobre todo sano impartir, de una buena vez, educación sexual y en forma paralela en la escuela para que el alumno vaya ganando en autorrespeto, responsabilidad y cuidado de su propia vida y la ajena?
¿No sería más razonable, ya que este nuevo tiempo permite a los adultos hablar con franqueza sobre el imponderable significado de la sexualidad, despertar en los chicos admiración, respeto y cuidado por la maravillosa orquestación genital, los procesos de maduración humana tanto corporal como psíquica y sobre todo la obligación que tiene cada ser humano de sumar a la superación de la especie, con la construcción de una personalidad más fuerte, un adecuado desarrollo fundado en la potenciación de las propias capacidades y el talento individual?
¡Cuántos han visto frustrados sus sueños de un futuro mejor, de una carrera, de optimizar sus capacidades para desenvolverse creativamente en un oficio o trabajo, por apresurarse a elegir una mala pareja, encandilados por los placeres sexuales sin madurez ni responsabilidad!
Y ahora volvemos a la novedad de una inyección anticonceptiva.
¿Es eso lo que necesitan los adolescentes? ¿Se dará una adecuada orientación para que los jóvenes sepan que no se trata de un nuevo incentivo para el goce sexual en una edad a la que le falta tiempo para madurar desde lo cerebral y emocional?
La violencia pasional desatada, las frustraciones y el desamparo en que quedan tantos hijos de padres inmaduros, tanta desgracia y depresión y tristeza, debieran alertarnos sobre la necesidad de ofrecer, más que nuevos halagos y facilitadores del placer, indicadores que exalten el valor de la vida y apuntalen la responsabilidad de contribuir al desarrollo y la realización plenos.
Este es un tema a cuya gravedad debieran prestar pronta y fuerte atención las familias y las escuelas.
*Especialista en Educación

Humanidad miserable

"La democracia argentina se encuentra, por obra del gobierno, en el linde de su dignidad. Unos pocos pasos más y la república se habrá disuelto en las imposiciones de un nuevo despotismo... Pronto surgirá lo hasta ahora inédito: de la ley habrán sabido valerse quienes la desprecian para consumar la insania de sus propósitos".
Santiago Kovadloff


GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ (*)
En una noche de terror, los cordobeses y los argentinos de bien asistimos a la irrupción en escena de lo inédito: la emergencia del vandalismo. Bastó que la vigilancia policial desapareciera para que los hijos sobreprotegidos por el autoritarismo y la demagogia se hicieran ver. Desbordados.
Y muchos no lo percibíamos o creíamos que, al fin, existe una nación común que a todos nos cobija y todos estamos en la misma república. Ingenuidad total que despertó con el estallido. El mal estaba adentro, en la misma sociedad y el desenfreno de demasiada gente, una multitud que sólo esperaba el momento de actuar.
Un tsunami, el atropello de aguas descontroladas, el instinto obedeciendo a las más bajas pulsiones. Fue el desnudarse de una gran masa que se comunicó y dio fuerzas con un mensaje subterráneo de destrucción y hasta de muerte: si el gobierno del país hace prevalecer sus mezquinos intereses a la ley, si los que gobiernan no saben ponerse de acuerdo, si la ciudad y la población trabajadora están desprotegidas, es nuestra oportunidad.
Consecuentemente, la noche del martes salió de abajo de la alfombra la verdad del mal que padecemos: la evidencia de la multitud de diferencias que nos dividen y hoy son palpables:
La primera evidencia nos llega desde el gobierno nacional que puede asistir al incendio sin mover un solo dedo en tanto su cálculo de beneficios le sume activos. Pura miseria.
Existe otra palpable separación entre el pueblo y los gobernantes y, más grave aún, la que hoy se está manifestando en Córdoba: la del pueblo contra el pueblo. Y esto tan caótico, tan parecido a una guerra civil, esta batalla entre hermanos, no parece ser sino el emergente de males mayores que debiéramos prever.
Hoy hay una batalla entre los que se desesperan por proteger lo logrado y los que están acostumbrados al tutelaje interesado del gobierno: dádivas, puestos inmerecidos que ganan con su presencia en actos a los que son llevados a aplaudir, planes sociales que han anulado en la mayoría su posibilidad de desarrollar el saludable ejercicio del trabajo, de un oficio que dignifique su vida y que se han lanzado a lo más fácil, saquear.
Indudablemente han salido a la superficie las diferencias entre las familias trabajadoras y los que han sido mantenidos en la marginalidad, cautivos votantes, pedigüeños, al margen de todo sistema educativo, formativo en valores entre los cuales el primero y más sustentable debiera ser el amor a lo propio, al lugar en que se vive, a sus calles, a sus lugares públicos, a lo que se va construyendo generación tras generación.
La falta de respeto, responsabilidad, atención a las consecuencias de un accionar vandálico evidencia que hay demasiados pobladores de este país que viven al margen de la ley en tanto el gobierno los parasita en su beneficio. Gran miseria de arriba y de abajo.
Lo que ha sucedido en Córdoba, el caos sembrado por tanta gente que se lanzó a robar indiscriminadamente, pone en evidencia las causas que nos ubican en los últimos puestos en educación, entendida como formadora de conciencias, como respeto a lo de todos, como dignidad humana.
En nuestro país, sutil, silenciosamente se ha sembrado el cáncer de la desmesura que va anulando centros vitales activados a través de dos siglos por la educación recibida, la enseñanza de los viejos modelos y maestros, las marcas que se imprimieron en la formación humana con un mensaje cierto: se puede ascender con esfuerzo, con estudio, trabajo digno y tantas otras fuerzas internas, verdades, por ahora incorruptibles, que siguen guiando –por suerte– la conducta de muchos.
Difícil resulta señalar cuál fue el virus que prendió en el cuerpo social la desventurada enfermedad que padecemos, pero sí podemos señalar que, aunque no todos hayan sido alcanzados por lo más destructivo del mal, nos carcome el alcance de las dudas sembradas por el mal ejemplo:
¿Es que en este país la corrupción, el robo de guante blanco, el vaciamiento de los dineros públicos han de permanecer inmunes? ¿Hasta cuándo la astucia, las mentiras evidentes de relatos de ficción, han de pasar su dañina mano por la adormecida conciencia popular?
Si bien tenemos clara conciencia de que en nuestro país impera la mentada "viveza criolla", ¿habíamos medido las consecuencias del mal ejemplo que da la corrupción existente, el desgobierno imperante en toda la nación y las infranqueables diferencias entre provincias y gobierno central?
Desde las entrañas del mismo pueblo ha salido una masa desnuda de disfraces y vestida con lo que realmente nutre su condición de vándalos dispuestos a sembrar el terror, la destrucción y el robo indiscriminado porque "si en este país, los chorros de arriba son premiados, ¿por qué no hemos de serlo nosotros con lo poco o mucho que podamos saquear?" Respondiendo a ese pensamiento irracional ha actuado una humanidad miserable cuya médula reclama ser atendida para bien de todos.
(*) Educadora y escritora. Córdoba

La familia en la crisis actual



"El objetivo de la educación familiar es la felicidad, entendida como fecundidad y creatividad. El niño no debe ser un superdotado, sino un ser feliz que desarrolla su potencial humano hasta donde le sea posible. Por amor a la vida". Víctor García Hoz




GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ (*)
La crisis socioeconómica argentina, la pobreza, la falta de modelos y de valores socavan seriamente las bases de la estructura familiar y social. Es cierto que en estos últimos cuarenta años la familia mundial ha experimentando cambios drásticos causados, sobre todo, por el ritmo veloz de la vida, la falta de comunicación en favor de lo virtual, el impulso consumista, la banalización de los sentimientos, el avance imparable de la tecnología que ha modificado fundamentalmente los roles de cada individuo dentro de la familia, tanto del padre, el proveedor tradicional, como de la madre, hoy inmersa en el mercado laboral, lo que hace que los hijos permanezcan descuidados y hayan quedado a la deriva.
La socialización de los hijos con relación a los valores indispensables para el desarrollo y la adaptación humanos está prácticamente perdida y las consecuencias se están sufriendo en la vida de todos, ya que entre familia y sociedad se da una relación de recíproca dependencia.
Encauzar la familia debiera ser, por lo tanto, una preocupación de todos los argentinos y esencial del gobierno, que debe orientarla para que asuma su responsabilidad en el cuidado y protección de cada uno de sus miembros, a los que tiene que asegurar una subsistencia digna y formarlos en la construcción de una fuerte y valiosa subjetividad.
Es en la familia donde se fraguan las marcas emocionales y afectivas que han de signar el destino de cada individuo, donde se aprende a elegir y a tomar las primeras determinaciones, se internalizan las más profundas vivencias afectivas que forman el carácter, se sabe del amor, la rivalidad, la envidia y hasta del perdón.
Quienes tienen hijos deben obligarse a que la familia, que por ese hecho han constituido, sea cada día mejor cumpliendo su misión conservadora y plástica, es decir transmitiendo los valores y orientación vital de generación en generación, y a la vez superándose, buscando su perfeccionamiento en la combinación armónica de costumbres, maneras de pensar, creer y enfrentar la vida de cada uno de los cónyuges. Produciendo, en fin, cambios que incorporan lo mejor de los miembros de la pareja y adaptándolos e intentando lograr lo más bueno en favor del desarrollo integral de los hijos.
Actualmente y justamente en la búsqueda de una vida de mayor calidad basada en la verdad y la autenticidad, se han conformado diferentes estructuras familiares que van desde la clásica, formada por un hombre, una mujer y uno o varios hijos, a la uniparental, muy común entre nosotros y formada solamente por el padre o la madre y los hijos, o la familia ensamblada, constituida por padres separados y los hijos de sus anteriores matrimonios, y la de homosexuales que reclaman su derecho a criar hijos.
Lo fundamental es que, ante tanta diversidad, exista la fuerza del amor, el cuidado mutuo y el respeto para que la familia, sea cual fuere su constitución, pueda cumplir su misión trascendente, que lo es en la medida en que va más allá de sí misma en el tiempo, proyectándose a un futuro de crecimiento humano, y en el espacio, ya que la formación de los hijos compromete la armonía y superación o empobrecimiento del colectivo social al que pertenece.
Existen y son cada día más numerosas las familias pobres, algunas de las cuales, aun sin recursos materiales, educan, forman, con un gran caudal afectivo, pero son demasiadas las que, abandonadas a la fuerza destructiva del descreimiento y falta de fe, constituyen un hogar sin principios ni valores y, vencidas por la ignorancia, lanzan al mundo individuos sin sustento material ni espiritual, seres débiles que son fáciles víctimas de la droga, la violencia y el resentimiento social. El mismo vacío que tienen muchos hijos de clase media y pudiente, con grandes recursos materiales, pero que por diferentes motivos son abandonados en plena etapa de formación.
La familia debe ser nutricia y normativa, es decir dar sustento no sólo a las necesidades materiales y emocionales sino, fundamentalmente, transmitir pautas de conducta contribuyendo al fortalecimiento de los valores humanos con sus buenos ejemplos.
Sin embargo, ¿pueden lograr estos nobles fines las familias que han caído en un estado de precariedad de todo tipo?
Hoy analizar, estudiar y apoyar la tarea familiar es una cuestión del Estado. A los gobiernos y a los organismos especializados dependientes compete tener en cuenta que, cuando se habla de crisis social, se habla de la familia, donde se registran, procesan, elaboran y retornan las influencias del medio social al que benefician o perjudican.
En nuestro país, demasiadas familias han descuidado sus fundamentos y lanzan a la sociedad individuos mal educados, resentidos, inadaptados, enojados con la vida y proclives a dejarse arrastrar por vicios que debilitan y hasta anulan su desarrollo y lo transforman en un peligro para los demás.
Así lo expresa un preocupado Carlos Cuauthémoc Sánchez, escritor y pensador, hablando de su quebrada sociedad mexicana:
"Nuestros hogares se desintegran cada día más, por lo que es necesario que quienes detectan en su casa rebeldía y falta de respeto de los hijos, hostilidad y burlas entre hermanos, discusiones hirientes, indiferencia, desconfianza para compartir sentimientos, frialdad de alguno de los padres, vicios, abandono y otras actitudes negativas, adviertan que su familia está en crisis y que hay que buscar cambios para poner remedio".
Urge, entonces, que la familia busque soluciones, trate de mejorar los lazos de afecto y respeto que deben reinar en ella, porque el futuro de todo niño depende de un buen hogar donde exista una autoridad que represente la función paradojal "prohibición-autorización" que suele cumplir el padre, la madre o cualquier adulto que se haga cargo, sabiendo que el niño necesita seguridad afectiva básica, límites y motivación para aprender.
Una familia nutricia y normativa salva a las generaciones del nihilismo, del pensar que nada vale la pena, terreno propicio para la droga, la evasión, la violencia, cuyo resultado es el ambiente de enfrentamiento, desconfianza y hasta muerte que carcome la vida de los argentinos.
Los lazos de la gran familia que debemos consolidar en nuestro país están quebrados y es en el núcleo básico de la sociedad donde debemos buscar las causas de esta ruptura vincular nacional. Sólo si se le otorga la atención que deben prestar los especialistas, si se orienta a la familia para que asuma su responsabilidad en este estado de gravísima crisis social que nos involucra a todos, se logrará sanar la raíz envenenada de nuestra sociedad maltrecha.
Es, por lo tanto, tarea y obligación de la familia, esté constituida como estuviere, preocuparse por los hijos que trajo al mundo o le han sido encargados para que logren un buen desarrollo y es, también, obligación de nuestros gobernantes poner todos los medios necesarios para levantar el nivel humano de cada hogar, orientándolo al cumplimiento de su rol y sin perder de vista –como se está perdiendo– que es en la familia, donde se fraguan las vidas que suman o restan a la sociedad y que solamente fortaleciendo su legítima autoridad se pueden formar adultos plenos de futuro.
(*) Educadora. Escritora

Fuerza y conviccion en la educación sexual



¿No es necesario, acaso, hacer consciente lo que somos, el valor de ser humano, las posibilidades de nuestro destino, las consecuencias de nuestros actos, el uso debido de nuestra libertad? ¿Quién puede negarse a hablar de los bienes y males que tanto afectan la vida del hombre y signan los nacimientos y futuros de las vidas? ¿Quién?


GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ (*)
Estamos en el comienzo de un nuevo período lectivo y continúa la indecisión sobre el dictado de la educación sexual en la escuela, tanto porque los docentes no se han terminado de formar sobre el tema como porque faltan la convicción y la fuerza necesarias para impartir una enseñanza que los adultos sentimos como deficitaria en nuestra formación general pero para la que muchos maestros y profesores se debieran haber preparado desde hace unos dos años, cuando empezó a hablarse de la ley 12150.
Los educadores han asistido a cursillos y conferencias, han leído apuntes y algunos pocos libros que han aparecido sobre esta temática y han escuchado directivas y propuestas diversas de los compañeros surgidas de las propias experiencias, formación religiosa y hasta puntos de vista cada uno. Lo cierto es que esta temática, por diversas razones, todavía es vista con un alto grado de preocupación; lo real es que son muchos los que a pesar de la preparación recibida se sienten ante un pozo lleno de incertidumbre o incapaces de impartir educación sexual. Lo verdadero es que reina mucha confusión y hasta desacuerdos en cómo enfocar esta asignatura que parece nueva y que sin embargo, creemos, es tan vieja como la vida misma.
Confiamos en que es solamente el miedo inicial y estamos en condiciones de augurar que, no bien se hayan traspuesto los primeros pasos, los docentes que se han preparado para hacerlo se llenarán de entusiasmo y hasta de pasión por esta materia desafiante cuyo eje temático esencial ha sido, hasta hoy, totalmente descuidado, ignorado o silenciado a pesar de que atraviesa la vida de hombres y mujeres y va de la mano con la felicidad, nada más ni nada menos, de la existencia humana, su calidad, su destino.
Por eso esta nota que intenta transmitir a los encargados y preparados para dictar educación sexual el ingrediente fundamental para que la ejecución de una labor vital, fundamental para la vida de los alumnos, no sea solamente un acto de cumplimiento vacío, formal, obligado, sino dotado de sentido. Por eso decimos que, como en cualquier tarea, lo que dará fuerza y contenido a lo que por ahora se presenta como una obligación es la auténtica convicción de que dictar educación sexual vale la pena, de que es una tarea insustituible, de que los tiempos lo exigen, de que la construcción de una sociedad mejor lo reclama y, principalmente, de que la calidad del destino de muchos seres puede mejorar y que eso depende de las palabras que se dirán, de diálogos más o menos significativos que se desarrollarán en clase, de lecturas que se comentarán para extraerles su mensaje orientador, de episodios de la vida cotidiana: armonía o maltrato familiar, nacimientos, abortos, contención familiar, enamoramientos, flirteos, salidas nocturnas, amigos, grupos, tribus, borracheras, violaciones y miles de etcéteras que darán lugar a sugestivos análisis, a intercambios de puntos de vista a través de los cuales se irán vertebrando conductas, robusteciendo valores, propendiendo a una vida con un futuro que hoy parece negado.
Para empezar, argumentamos sobre los calificativos con los que iniciamos esta comunicación: "Dictar educación sexual es una labor vital, fundamental para la vida de los alumnos".
¿Es realmente así? ¿Es "fundamental", "vital" para la vida de los alumnos? ¿Puede compararse la educación sexual, por ejemplo, con cualquiera de las otras materias que pueblan el currículo escolar?
Creemos que la amplitud de los contenidos que darán sentido a esta materia, por ser mucho más que instrucción sobre aspectos biológicos o referentes a la pura genitalidad –de hecho muy importantes siempre que estén incluidos en un contexto mucho mayor–, es vital, porque lo que se llama "sexualidad" afecta la vida total, especialmente los vínculos que cada ser humano genera, alimenta y es capaz de mantener y enriquecer.
Aunque recién ahora estemos pensando en ello, la sexualidad está presente en el comienzo de cada existencia humana, en el momento de la concepción, en el nacimiento, en el amamantamiento, en cada etapa de su desarrollo, en el despertar de la pubertad y sus manifestaciones, en la adolescencia y sus conflictos, en la madurez y su mayor aplomo... en fin, hasta el final de la vida que nos ha hecho hombres o mujeres.
Es de comprender, entonces, que este tema no nos es ajeno; todo lo contrario. Por ello, naturalizarlo es una urgencia y desafío, entendiéndose esto como hablar simple y sinceramente para que los chicos se pongan a pensar y decidan en base a su propio y creciente juicio crítico sobre cómo podemos lograr en cada uno de nosotros, seres individuales y sociales, una vida personal más auténtica, más encontrada con su identidad. Es objetivo de esta asignatura propender a una vida de más calidad que crezca en la capacidad de relacionarse con los otros tendiendo a la elección y encuentro profundo con una persona del sexo opuesto con quien se ha de fundar lo que contiene, orienta, potencia y robustece el crecimiento de los hombres: una familia, entendiéndose por ella un grupo humano que dé amor sabiendo de qué se trata el buen amor.
Por todo esto estamos seguros de que los temas sobre esta nueva materia no deben apartarse de lo que se quiere y se debe mejorar: la vida.
Si esto se logra, es decir si el docente se mantiene con los pies en la tierra, encontrará que estas cuestiones son tan diversas y ricas como la existencia, que es ella la que los proporciona y pone al alcance de la observación dando ejemplos de lo que debe o no hacerse, de lo que debe evitarse y de los problemas que cada día todos, empezando por los estudiantes y siguiendo por los mismos docentes y adultos, deben resolver.
No será difícil, entonces, abordar la enseñanza de esta materia atendiendo al momento real en que el educando se encuentra, a las situaciones que se presenten y motiven su atención e interés, dejando el necesario lugar a esos espacios en cada clase para que sea posible un tratamiento que debe escapar de lo libresco, memorístico de fórmulas y reglas estudiadas y dogmáticas.
La educación sexual necesita solamente de un buen criterio –no decimos "criterio común" porque lo sentimos demasiado contaminado–; buen sentido, sana interioridad, salud mental, apertura para el cambio y –insistimos– convicción.
Por eso, y a favor de que el docente se llene y anime con esta fuerza sin la que nada podrá hacer, seguimos proponiendo preguntas que seguramente él mismo se está formulando y que necesariamente deberá ampliar.
(*) Escritora y educadora

¿Puede formar la educación seres compasivos y altruistas?

GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ (*)
En otras notas hemos hablado de la necesidad de fijar metas claras en educación que, además, sean conocidas y compartidas por quienes intervienen en ella: ministerios, docentes, padres y, fundamentalmente, los alumnos.
En esa línea de preocupación pensamos que es fundamental darle un alto fin educativo a la formación del ser, es decir, la transformación de los individuos sujetos a la educación en partícipes conscientes y activos de su desarrollo en pos de construirse como buenas personas. Y este propósito debe ser ubicado como la más alta meta a lograr.
Sabemos que es difícil. Reconocemos que exige superar graves inconvenientes; el mayor de todos, probablemente, cambiar los paradigmas adultos. Muchos dirán que éste es un propósito tan ilusorio como irrealizable. Se comprende porque es un tema que ha ingresado recientemente a la discusión de los grandes pensadores. Nunca como hoy se impone un gran cambio que oriente la necesaria formación de niños y jóvenes, nunca como hoy están tan amenazados la paz y el orden, el bienestar, las reglas de convivencia familiares y sociales.
En la situación que estamos atravesando, que ronda la descomposición del contrato social, miramos, casi desesperadamente, a la escuela, a la educación, y pensamos que es mediante su real cambio de rumbo que puede mejorarse la sociedad argentina, la que nos toca vivir y soportar y que dejaremos como herencia a los que nos sucedan.
No estamos solos en estas aspiraciones. Formar el ser persona, mejores ciudadanos a través de la educación, es un tema instalado en la escuela del mundo de hoy y también en la ciencia actual, que enfoca sus investigaciones a asuntos antes nunca tratados como la felicidad humana como estado de paz interior y plenitud, el manejo de las emociones y su influencia en la salud, los efectos nocivos del egoísmo en la vida íntima del individuo y hasta el altruismo como antídoto contra la depresión, la tristeza, el suicidio.
Las neurociencias se han puesto al servicio de ideas que exigen virar la dirección hacia nuevos, elevados, nobles fines educativos que ponen el proceso de formar el ser persona como núcleo de interés. La idea que nos transmiten sus recientes investigaciones y apoya nuestros fundamentos es que existe en la naturaleza humana un potencial para el logro del bien que hay que despertar. La auténtica felicidad depende de sentirse pleno y satisfecho consigo mismo y ¿no es ése definitivamente el mayor bien a que puede aspirar el hombre?
Todos somos parte de una gran familia y, aunque el egoísmo parece haberse adueñado de demasiadas voluntades, los efectos de su mala praxis dañan hasta al más cuidado. Es cuestión de advertirlo y movilizar las conciencias, teniendo en cuenta que ella despierta la mente y que ese cambio significa transformar el mundo.
El altruismo y la compasión (no entendidos como lástima hacia el otro sino como conciencia del bien común) son los grandes valores ausentes hoy. Bien lo sabemos los argentinos, a la vez que entendemos que cultivarlos es la única posibilidad de salvarnos.
Entonces, ¿por qué no orientar la marcha hacia fines más nobles, atentos a mensajes de los maestros que nos dicen, fundamentalmente, que sólo formando personas más buenas, nobles, altruistas y compasivas se puede lograr la humana felicidad?
¿Formar? ¿Cómo? ¿Quién puede hacerlo? Por cierto, a la primera célula social, la familia, le compete atender estas nuevas propuestas, pero es la escuela, la institución formadora por antonomasia, la que debe incorporar a sus diluidos fines el que debiera ser nuclear: formar individuos integrados que amen la vida, a los demás, que despierten al sentimiento de la compasión, a la práctica del altruismo. En definitiva, formar un ser humano completo y realizado.
En el intento podemos empezar por los cuestionamientos: ¿acaso ha dado resultado llenar la cabeza de los alumnos con datos que no saben transferir a un desarrollo pleno? Demasiados contenidos académicos y ausencia de cualidades humanas. Demasiadas herramientas sin usar y transformadas en nada.
La compasión es el sentimiento que nos permite sentir la propia vida en el otro, incorporarlo a la propia humanidad, entrar en relación con los demás. Se ha comprobado científicamente que el hombre es naturalmente compasivo, por lo que es cuestión de despertar ese sentimiento natural hoy tapado bajo un alud tecnológico mal empleado que distrae tanto a chicos como a grandes ausentándolos, volviéndolos indiferentes, ignorantes del que está a su lado.
Una gran reforma educativa podría reflotar el altruismo, sentimiento básico de la bondad. Enseñar a prestar atención, volver la mirada al aquí que tanto se abandona. Despertaría, así lo dice la ciencia, lo que está latiendo en el interior del hombre: una innata bondad, el deseo de ayudar, la capacidad de conectarse, la natural empatía. ¡Y cómo cambiaría la vida de todos si estas transformaciones sucedieran!
Es en el hogar y en la escuela donde deben cultivarse las emociones positivas cuyo conocimiento y exaltación se debieron a Daniel Coleman. Es allí donde se debe hablar –lo que es educar– sobre la felicidad como estado de satisfacción por lo que uno es y va logrando ser, como dicen, entre tantos otros, pensadores de la talla de Matthieu Ricard, que reclama: "En esta era de descubrimientos magníficos, las personas deben encontrar más equilibrio emocional, los colegios deben fomentar las emociones positivas, el protagonismo, el encuentro con los demás y la identificación y ayuda al que sufre; es decir, el altruismo".
Eduardo Punset invita a no seguir la corriente, a aclarar la natural nobleza de la mente, a evitar lo egoísta y competitivo, poniendo énfasis en la idea de que ser persona es, fundamentalmente, ser autoconsciente.
¿Se busca lograrlo en la escuela? ¿En la familia? ¿Por qué no empezar si vivimos una situación crítica y el cambio nos favorecería a todos?
Es una noble meta educativa que merece ser meditada, debatida. Y ojalá puesta en práctica.
(*) Educadora y escritora

El fútbol, de la pasión a la reflexion

GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ (*)
Por el largo período del Mundial la mayoría de los argentinos fuimos solamente fútbol, sentimientos sin reflexión, ya que otros temas de gran interés y de cuya solución dependen el bienestar y la calidad de vida de cada habitante estuvieron postergados.
Las habilidades, el ingenio, la destreza y la capacidad de proyección y cálculo de nuestros renombrados jugadores y de los de otros países estuvieron en el centro de las conversaciones familiares y sociales por más de treinta días. Es que, sin que muchos alcancemos a saber por qué, el fútbol conmociona, arrastra multitudes, a todos o a casi todos, sin que sepamos adónde nos lleva, y al mismo tiempo pone en evidencia a los que están poseídos por la fuerza destructiva de la violencia.
Mucho de esa distracción generalizada, más allá del reconocido sometimiento a la sociedad del espectáculo que caracteriza a nuestro tiempo, mucho de la exacerbación de nuestro patrioterismo futbolero, se debe a los medios, a la tevé, a la propaganda, cada vez mejor orquestada y pensada justamente para dar valor a un quehacer en medio de otros que no se exaltan ni cultivan.
¿Exacerba aún más la tevé el valor de un deporte de por sí cautivante? Creemos que sí y que por eso motiva tantos desplazamientos, costosos en todo sentido, tanto patrioterismo, invocación a Dios y a la patria, llantos, risas y exaltadas pasiones.
Muchos han atribuido al fútbol la capacidad de dar a los ciudadanos una sensación, hoy tan necesaria, de unidad, de hermandad, de contención que lleva a todos hacia la misma dirección y bajo la misma bandera. Y ese sentimiento de ir todos en pos de la gloria de nuestro país y la exhibición masiva de nuestros símbolos patrios, la pasión que despierta hoy el fútbol, no sólo son buenos sino necesarios pero, eso sí, siempre y cuando entendamos que esa convocatoria de características épicas no debiera ser privativa de un balón de fútbol sino extendida a otros valores ya no tan circunstanciales sino permanentes.
Muchos ponemos en alto el ejemplo de disciplina, esfuerzo y trabajo en equipo que han dado los integrantes de nuestra selección pero, por lo mismo que en el fútbol parece satisfacerse la necesidad de patria y de esperanza y de un sentimiento de comunidad, creemos que la pasión que las mayorías sienten por él nos está diciendo algo más sobre lo que, una vez traspuesta la etapa pasional, debemos reflexionar, como es que en nuestro país carecemos de otros valores en cuya consecución no se pone empeño. La educación en serio, por ejemplo; la formación de un ciudadano que ame su tierra, su lugar, y la cuide, la proteja y la haga crecer.
De la carencia de esos sentimientos da cuenta la violencia desatada alrededor del Obelisco porteño y en las calles de muchas provincias argentinas.
Se trata, entonces, de incorporar a nuestra preocupación ciudadana temas no tenidos en cuenta y de los que dependen la paz social y el progreso del país, porque si el fútbol que se nos da a todos es solamente instrumento de domesticación, sumisión, obediencia y aplauso; si a través de él se induce al adormecimiento de las conciencias y la enajenación social; si el fútbol conduce a tanto descuido de uno mismo, el resultado es un patrioterismo deportivo vacío que lleva a generar enemistades, a humillar a los países vecinos con cánticos ingeniosos pero maledicentes e insultantes y a convocar deseos de venganza y revanchismo, ahogando, de esa manera, sentimientos nobles y esclarecedores como ser y mostrarse como un digno perdedor que irá por más a partir del reconocimiento de los errores y de una pensada e inteligente capitalización de los aciertos.
El fútbol, ya que tanto convoca y apasiona, debiera ser aprovechado para dar ejemplo a los menores sobre que se debe y puede llegar a elevados puestos con altos objetivos por el camino de la verdad, de la vocación auténtica, del esfuerzo, del trabajo en equipo, de la disciplina, de manera que, en posesión de un pleno desarrollo, pueda mostrarse al mundo que ser argentino es amar constructivamente la nación a partir de la suma de personas formadas en el desarrollo de un robusto y viril carácter.
El desvío de las conductas de inadaptados sociales que ha llevado a tanta destrucción en estos días demuestra cuánto de virulencia, de resentimiento, de desmanejo de sí y hasta de embrutecida barbarie se viene construyendo desde hace años en la Argentina. La degradación y estupidización de la sociedad a través de su malsano tratamiento no hace más que generar una violencia interior dispuesta a barrer con todo lo que otros construyen.
Si no entendemos, elaboramos y transferimos a la vida las definiciones de Mahatma Gandhi sobre los factores que destruyen al ser humano, que son "la política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad", haremos de nuestra pasión futbolera un sentimiento infructuoso, incapaz de madurar en valores o principios fuertes como el respeto por el actuar y ser de los demás, el cuidado de la cosa pública y el despertar de un auténtico protagonismo. El fútbol, que nos permite vivir la exaltación de un enamoramiento fugaz, debe ser capaz de llevarnos, por la ampliación de los derechos (que hoy sólo se parasitan a través de dádivas sin responsabilidades), a la madurez cívica a partir del esfuerzo, el estudio y el desarrollo de lo humano que cada uno lleva en sí para lograr una genuina riqueza y el fortalecimiento de nuestra identidad nacional.
Por el fútbol, ya que tanto convoca y apasiona, se podrían despertar las conciencias y el sentido de la autonomía, la autoestima, el amor a la vida, para que el "viva Argentina" perdure después de que se cierren las puertas de los grandes estadios.
(*) Educadora. Escritora