Estado y gobierno, la gran confusión

Gladys Seppi Fernández (*)
Para los argentinos los significados gobierno y Estado parecen ser lo mismo y la famosa frase que pronunciara el rey Luis XIV "L'Etat, c'est moi" ("El estado soy yo") sigue encarnada en algunos gobernantes que actúan sin tener en cuenta los límites significativos entre Estado, que es una categoría superior, el todo, y gobierno, que es una pieza subordinada, sólo una parte subsumida en él y a su servicio.
¿Cuál es el resultado de esta confusión en nuestro país?
Creemos que una de las más graves es que, al final de cada período del gobierno que haya hecho suya la famosa frase de Luis XIV, el Estado queda empobrecido, no sólo viciado sino vaciado de sentido, de significado, de fuerzas, de contenido y de valores.
En la Argentina de hoy todo es una misma mixtura y lo que debiera considerarse permanente, lo que es la esencial forma de organizar la vida de la república de acuerdo a una identidad que se debe ir consolidando, lo que debe seguir una dirección sostenida que trascienda en el tiempo, se desarrolle y crezca, el Estado, termina perdido en la transitoriedad del gobierno de turno, en sus hechos, aciertos o errores.
Los ciudadanos de este país todavía no manifestamos la debida reacción al respecto porque aún tenemos muy confundidos los términos y nos cuesta mucho discernir cuando se habla de uno o de otro. Admitimos que se diga, por ejemplo: "Lo hacemos por interés del Estado", cuando en realidad es de un gobierno, o "para resguardar los bienes del Estado", cuando en verdad se protegen los personales, y así hablando de negociados, de leyes, de impuestazos, de ataques a las instituciones y tantas acciones de las que leemos o escuchamos hasta el cansancio de la confusión.
Una confusión que hoy nos ha llevado al punto de hacernos creer que las disposiciones tomadas por pocas personas –a decir verdad por una sola–, a veces tan erráticas y costosas, son las que toma el Estado, lo que les da el estatus de valederas y únicas posibles.
Sin embargo muchos argentinos empezamos a ver, entre la nebulosa, cómo las construcciones levantadas entre equívocos, la falta de planes de largo alcance y de previsión y visión del futuro, por ejemplo, esenciales a un Estado fuerte, caen desbaratadas, dejando, eso sí, y por lógica consecuencia, un Estado inconsistente.
Robustecer el Estado
Los argentinos nos manifestamos cada vez más, nos atrevemos a más, vamos recuperando, a fuerza de sufrimientos, la autoestima, la confianza en el valor de nuestra participación y responsabilidad y, aunque la voz de los cacerolazos parece no hacer mella en los oídos de sus destinatarios, sí llegan los mensajes de la suma de votos ciudadanos.
¿Cambios? Todavía no los visualizamos. Se necesita mucha grandeza para admitir errores y rectificar rumbos. Lo que sí sabemos, y es certeza, es que cuanto haga cada gobierno central, el de cada provincia, el de cada pedacito del territorio nacional, por pequeño que sea, lo que haga el gobierno y también las acciones de cada ciudadano suman o restan, marcan el destino del Estado, lo desvían o lo ponen en su correcta dirección, lo robustecen o lo debilitan, lo que es lo mismo que decir que mejoran o no la calidad de vida de los ciudadanos o la empobrecen.
Poco a poco la mayoría de la ciudadanía abandona la vieja concepción de que el Estado es un ente abstracto y ajeno, por lo que propender a su desarrollo, fortalecerlo, se ha transformado en una necesidad, una imperiosa necesidad de la que estamos tomando conciencia. Maduramos.
La semántica de la palabra gobierno habla de temporalidad, lo limita a un período, dice de la oportunidad que tienen los elegidos por el pueblo para que, siendo dignos, cumpliendo merecidamente su tarea de conductores y respondiendo a la confianza que se ha depositado en ellos, puedan engrosar, fortalecer, energizar y hacer crecer el gran panal nacional, el Aleph que nuclea los esfuerzos de todos, el gran cerebro adonde van a parar, para su conjunción, crecimiento y prosperidad, las labores y esfuerzos de cada uno. Cada pensamiento obra y creación deben ser encauzadas por el gobierno hacia una bien orquestada y constructiva comunicación de las neuronas estatales.
La connotación de Estado resulta, entonces, de la suma de los resultados que se registran en la atemporalidad, en la permanencia.
Por lo que a ese eje vertebrador deben dirigirse las acciones de todos los que formamos el país, desde las de cada obrero, desde la abeja reina a cada ciudadano que, en nuestro humano caso, nunca, nunca debieran permitirse ser zánganos.
El día en que los argentinos tengamos claro que el que gobierna llega para asumir responsablemente una misión que se continúa y proyecta en el tiempo, que se debe articular en el Estado lo bueno conseguido corrigiendo los desaciertos; cuando el gobierno subordine sus intereses, sobre todo personales, al destino del Estado, se ha de solidificar o debilitar lo que es de todos.
La grandeza o la provocada pequeñez de nuestro país es la propia y nuestra vida cotidiana personal, sobre todo el crecimiento o estancamiento material y espiritual, depende del Estado argentino que necesita clarificar un objetivo común, distintivo, fuerte, seguro de sus pasos, con una educación, su gran vertebradora, que marche hacia fines que vigoricen su identidad y que sean conocidos por todos los ciudadanos. Fines que, lamentablemente, aún no se distinguen o perfilan.
La vida de cada uno depende de un país que sabe adónde va, que ha encontrado su esencia y marcha a su madurez. De un Estado que nos hace sentir partícipes y nos involucra a todos.
Si hace más de dos siglos fuimos un país respetado por toda América y el mundo por su emergencia; si marchaba a la vanguardia en educación, en seguridad, en bonanza económica; si mucho podía hacerse porque no existían límites para su crecimiento, tenemos la esperanza de recuperar ese camino para lograr su prometido desarrollo.
El Estado, de resultas de actitudes claras, debe dejar atrás la sociedad desmigajada en que nos hemos convertido para que logremos ajustar sus tareas esenciales, como: el cuidado de nuestras fronteras, la emisión de una moneda estable, el control de la inflación, un desempeño policial y militar acorde a los grandes objetivos nacionales, el mejoramiento de una educación que forme ciudadanos pensantes y libres y la lucha contra el narcotráfico, mal del que derivan, como sabemos, grandes y dolorosos sufrimientos, etc.
Dos significados que deben complementarse: un Estado fuerte y permanente. Un gobierno que hace lo suyo deja sus marcas y pasa, tal como lo expresó Licinio: "Sólo la autoridad de ser dignos nos pertenece para siempre. El poder y la púrpura nos son prestados. Pertenecen al Estado romano".
(*) Educadora y escritora

Los amargos frutos del populismo

Todos sufrimos los amargos frutos de esta política, pues para sostener el sistema se debe imprimir moneda sin control y estimular el consumo sin producción, por ello se da la inflación sin tope.

“El populismo ama tanto a los pobres que los multiplica”. 
Mariano Grondona.

Entre las múltiples y hasta contradictorias definiciones de populismo, citamos la del político venezolano Ramón Escovar Salom, quien decía que “es un reparto complaciente de la riqueza. Un reparto sin producción que funciona en forma paternalista y clientelista mientras haya recursos que repartir. Después, sin posibilidad de reparto, el populismo colapsa”.
Entonces, el pueblo debe tragar sus amargos frutos, y agregamos preguntando con intención: ¿qué conductas políticas y ciudadanas han igualado a la Argentina con los pueblos más atrasados del planeta? ¿Cómo se abortaron procesos de auténtico y sustentable desarrollo que nos tendrían hoy en un nivel mucho más alto de calidad de vida con puestos de trabajo dignos y un mayor grado de bienestar en salud, educación, seguridad?
En su programa de CNN, el periodista argentino Andrés Oppenheimer indagaba: “¿Por qué nuestro país, cuyo destino parecía ser el Primer Mundo, marcha tan a contrapelo de los más progresistas?”
La respuesta culpa al populismo mal entendido y peor aplicado que ha gobernado y gobierna actualmente la Argentina y cuya política es, en realidad, el reverso de la democracia, y sus políticas redistributivas, un instrumento de dominación.
Visto así, el populismo es pura pasión, poca razón, escasa duración, y nada sustentable, porque lo emocional es difícil de estabilizar y su permanencia depende de la constante capacidad del líder para echar fuego en las pasiones colectivas.
Lo emocional del movimiento se hace evidente cuando, llegado el momento en que la razón dice “basta, esto no va más”, aparece la Presidenta por cadena nacional y llama la atención del pueblo con un nuevo mensaje cargado de furia, de retos, de gestos desordenados que encienden las alicaídas emociones populares. Y el populismo vuelve a reinar, ya que a la mayoría no le interesa demasiado el orden y coherencia del pensamiento.
Nichos de emoción
El discurso populista sabe explotar y despertar nichos de atención emocional, como la indignación, el miedo y el odio para así mantenerse latente.
Cuando la mala cara de la realidad ataca también a las emociones, el populismo utiliza los medios de comunicación de masas y un tipo particular de discurso mediático, una brillante oratoria y variadas estrategias de escenificación –como la teatralización– que adquieren hoy una creciente relevancia como tácticas.
Desde el lado racional, nosotros preguntamos: si el intento populista ha sido considerado “… la más grave enfermedad política de América latina”, en palabras de Escovar Salom, y si “ningún régimen populista ha logrado cumplir sus promesas electoralistas generando en cambio una corrupción incontrolable”, como dice el politólogo Enrique Neira Fernández, ¿por qué ha vuelto a someterse a un país tan prometedor como el nuestro a la voracidad política de un régimen populista y en todo caso a lo peor de su esencia?
Porque en nuestro país, donde otrora el populismo intentó integrar las masas populares al Estado para su democratización (como lo define Ernesto Laclau), en la práctica de hoy el Gobierno se limita a buscar el apoderamiento de las mayorías con propósitos electoralistas.
Y este tipo de populismo, bien se ve, ha puesto grilletes a la prosperidad, porque no deja actuar las fuerzas creativas del pueblo, porque, sobreprotegiendo, anula, porque su verdadero fin es adormecerlo, satisfacer sus necesidades primarias y para hacerlo da subsidios indiscriminados, planes sociales que no exigen a cambio una contraprestación ni mejor desempeño ni más esfuerzo creativo.
Falta de responsabilidad
Todos sufrimos los amargos frutos de esta política, pues para sostener el sistema se debe imprimir moneda sin control y estimular el consumo sin producción, por ello se da la inflación sin tope.
Además, en una impúdica demostración de su verdadera obsesión, el poder se protege, asfixiando a los adictos, de cuya voluntad se apodera transformándolos en indignos súbditos, y les da la espalda a gobiernos provinciales, municipales, a los industriales, a las empresas, a los que castiga con intención ejemplarizadora cuando se atreven a insubordinarse.
El populista no asume ninguna responsabilidad por lo que promete, no hace ningún esfuerzo por contrastar lo que dice con los datos de la realidad, no coteja resultados, no examina la historia, ni investiga las causas de fondo. Envilece las fuerzas creativas, como expresa Carlos Herrera: “Sólo en condiciones de estabilidad política, seguridad jurídica, prácticas democráticas y respeto por los derechos del individuo, la economía y los negocios prosperan, es decir, disminuye la pobreza y aumenta el empleo social”.
A la pregunta sobre por qué hay países que han pasado de la pobreza a la bonanza y prosperidad, Oppenheimer respondió: “Porque lejos de adular y adormecer, despiertan los hábitos de trabajo y esfuerzo en su gente”, a lo que agregó: “La escuela disciplina a los chicos, enseñándoles a aprender materias esenciales como las matemáticas, agudizando su comprensión lectora, optimizando su capacidad de pensar y juzgar”.
Y esto, gente que juzga y piensa –lo que no conviene al populismo–, es lo que sí puede mejorar los frutos.
*Escritora, especialista en Educación

Felicidad, ¿una palabra posible?

 00:06 08/03/2014
"La felicidad no está en vivir, sino en saber vivir".
Diego de Saavedra Fajardo

GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ (*)
Desde hace muy poco tiempo, apenas unas decenas de años, la posibilidad de lograr la felicidad en esta vida y en la tierra ha llegado para alegrarnos y encendernos de un sano optimismo. La felicidad existe, claro que sí, y es posible aquí, en la vida terrenal.

De este tema, trascendental y objeto permanente de las supremas búsquedas humanas, hasta hace muy poco no se hablaba y menos científicamente.

Ahora son varios los autores especialistas que dirigen sus investigaciones a la felicidad. Investigadores como Martín Seligman, Eduardo Punset y otros de sobresalientes universidades del mundo, especialmente de Estados Unidos, nos desafían a buscar la felicidad en esta vida, transformándola en motivo de sus estudios desde no hace más de tres décadas y acercándonos conceptos que permiten poner en claro su esencia para que pueda ser alcanzada dando el merecido esplendor a nuestras vidas.

Por cierto, lo primero que debemos tener claro es: ¿qué es ser feliz? Lo que lleva a otras preguntas: ¿acaso ser feliz es colmarse de placeres, de cosas, como nos hace creer el hedonismo reinante sumado a lo que dicta la sociedad de consumo?; ¿es darse los gustos y tomar y hacer uso de todo lo apetecible?

Dando una primera respuesta decimos que los expertos coinciden en definir la felicidad como un estado de plenitud de vida, satisfacción, conformidad y sentido de la propia existencia, asumida con madurez y responsabilidad, lo que alejaría el estado de depresión, ansiedad e insatisfacción que gana el ánimo de personas que, a pesar de tener lo esencial y aun mucho más, siguen insatisfechas.

La vida es, para este enfoque, una construcción que empieza en la concepción, en el vientre materno, y continúa hasta el final de los días. No depende de los otros, no de la pura satisfacción de los placeres, no es solamente entretenimiento y distracción sino manejo responsable que cada uno hace a base de proyectos que conducen a construir una existencia significativa para uno mismo y para los otros.

Para aclarar la confusión reinante sobre qué es ser feliz, Martín Seligman habla de la vida placentera que se encuentra dándose todo tipo de placeres y que es inferior –dice– a una buena vida, que deriva del cultivo de las auténticas fortalezas, talento, vocación, habilidades, desde la que se puede ascender a una vida significativa, más alta, que viven quienes se apegan a actos que trascienden lo propio, seres desbordantes de logros que pueden ofrecer a los demás.

Este estado produce una sensación de fluir y de conformidad con la propia existencia.

En cuanto a este nuevo interés que pone como objeto de estudio a la felicidad, podemos decir que en tiempos pasados la posibilidad de obtenerla quedaba postergada para la otra vida, era el premio que se esperaba, o no, tras la muerte y según lo merecido.

La triplicación de los años de vida humana en los países más desarrollados, desde hace unos 200 años, ha cambiado completamente algunas ideas que obligaban a que el ser humano, en los pocos años que estaba en la tierra, estuviera dedicado absolutamente a su tarea de sobrevivir y continuarse a través de la reproducción.

Eduardo Punset dice al respecto: "Súbitamente, la especie humana dispone ahora de 40 años adicionales después de haber cumplido las tareas reproductoras. El futuro ha dejado de ser monopolio de la juventud por primera vez en la historia de la evolución y los seres humanos tenemos futuro aquí y ahora, lo que significa que podemos mejorar ese futuro porque las ciencias están dedicadas a esa tarea."

Punset llama etapa de "mantenimiento" a los años que se han sumado a la existencia, que son más cuanto más desarrollado sea el país, lo que permite a cada ciudadano cuidar más su salud física y psíquica. Explica este autor, además, que ahora, más que nunca, se pone énfasis en la calidad de la existencia. Además, la profundización del conocimiento permite poner a disposición de la gente más medicamentos, lo que sumado a un actuar más consciente permitirá que se viva más tiempo y mejor.

La felicidad, dice la psicología moderna, apunta a algo tan intangible como es apoyarse en una escala de valores, en tanto la infelicidad actual se explica por una inversión excesiva en bienes tangibles, materiales.

Por otra parte y para tener en cuenta, Daniel Gilbert, de Harvard, determina que la felicidad reside en el circuito de la búsqueda. En el camino, en el proyecto, lo que nos lleva a poner la mirada, y disfrutar más el proceso, en ese lanzarnos hacia adelante que cada día convoca nuestra humana acción.

A una vida plena se refiere el escritor Juan Coletti cuando dice en una breve composición llamada "Tanka": "Dichoso aquel / que al final de la vida / puede trazar / el comienzo y el fin de un círculo perfecto".

La felicidad. Posible, cercana, asequible. Conformidad, serenidad, plenitud. ¿Acaso no vale la pena asimilar un tema que nos es esencial?

(*) Educadora. Escritora

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 ESTADO Y GOBIERNO, LA GRAN CONFUSIÓN

Para los argentinos los significados gobierno y Estado
parecen ser lo mismo y la famosa frase que
pronunciara el rey Luis XIV “L’Etat, c’est moi”
(“El estado soy yo”) sigue encarnada en algunos
gobernantes que actúan sin tener en cuenta los límites significativos
entre Estado, que es una categoría superior, el
todo, y gobierno, que es una pieza subordinada, sólo una
parte subsumida en él y a su servicio.
¿Cuál es el resultado de esta confusión en nuestro
país?
Creemos que una de las más graves es que, al final de
cada período del gobierno que haya hecho suya la famosa
frase de Luis XIV, el Estado queda empobrecido, no sólo
viciado sino vaciado de sentido, de significado, de
fuerzas, de contenido y de valores.
En la Argentina de hoy todo es una misma mixtura y lo
que debiera considerarse permanente, lo que es la esencial
forma de organizar la vida de la república de acuerdo
a una identidad que se debe ir consolidando, lo que debe
seguir una dirección sostenida que trascienda en el
tiempo, se desarrolle y crezca, el Estado, termina perdido
en la transitoriedad del gobierno de turno, en sus hechos,
aciertos o errores.
Los ciudadanos de este país todavía no manifestamos
la debida reacción al respecto porque aún tenemos muy
confundidos los términos y nos cuesta mucho discernir
cuando se habla de uno o de otro. Admitimos que se diga,
por ejemplo: “Lo hacemos por interés del Estado”,
cuando en realidad es de un gobierno, o “para resguardar
los bienes del Estado”, cuando en verdad se protegen los
personales, y así hablando de negociados, de leyes, de impuestazos,
de ataques a las instituciones y tantas acciones
de las que leemos o escuchamos hasta el cansancio de la
confusión.
Una confusión que hoy nos ha llevado al punto de hacernos
creer que las disposiciones tomadas por pocas personas
–a decir verdad por una sola–, a veces tan erráticas
y costosas, son las que toma el Estado, lo que les da el estatus
de valederas y únicas posibles.
Sin embargo muchos argentinos empezamos a ver,
entre la nebulosa, cómo las construcciones levantadas
entre equívocos, la falta de planes de largo alcance y de
previsión y visión del futuro, por ejemplo, esenciales a un
Estado fuerte, caen desbaratadas, dejando, eso sí, y por
lógica consecuencia, un Estado inconsistente.
Robustecer el Estado
Los argentinos nos manifestamos cada vez más, nos
atrevemos a más, vamos recuperando, a fuerza de sufrimientos,
la autoestima, la confianza en el valor de nuestra
participación y responsabilidad y, aunque la voz de los
cacerolazos parece no hacer mella en los oídos de sus destinatarios,
sí llegan los mensajes de la suma de votos ciudadanos.
¿Cambios? Todavía no los visualizamos. Se necesita
mucha grandeza para admitir errores y rectificar rumbos.
Lo que sí sabemos, y es certeza, es que cuanto haga cada
gobierno central, el de cada provincia, el de cada pedacito
del territorio nacional, por pequeño que sea, lo que haga
el gobierno y también las acciones de cada ciudadano
suman o restan, marcan el destino del Estado, lo desvían o
lo ponen en su correcta dirección, lo robustecen o lo debilitan,
lo que es lo mismo que decir que mejoran o no la calidad
de vida de los ciudadanos o la empobrecen.
Poco a poco la mayoría de la ciudadanía abandona la
Aparece el “conocimiento en todos los
medios”, nos convertimos en especialistas
en diferencias de potencial eléctrico
(¡como si la persona que está en la
playa se fuera a preocupar por dónde
poner los pies!), en conductores eléctricos,
en cómo avanzar o evitar un accidente
en la ruta, en práctica forense, en
juicios de familias, etc. Pero siempre
luego de que un evento grave ocurre, y
rápidamente nos olvidamos de lo que sucedió
y de cómo evitarlo.
Y es aquí donde enlazamos con las
primeras líneas de este escrito: educar no
es esperar que las cosas pasen para informar
que hacer. Educar es ofrecer el
conocimiento a la sociedad en forma
previa a los hechos y en forma continua,
para que ésta logre relacionarse con él y
cambie su forma de actuar (sociabilizar,
que nada tiene que ver con “ser educado”,
como popularmente se dice).
Educar hará entender al pueblo que
todos tenemos un valor intrínseco por ser
“simplemente humanos” y por lo tanto
valemos más que cualquier cosa (y sobre
todo más que el dinero), y por ello debemos
aprender a cuidarnos y obligar a
que nos cuiden.
El conocimiento sirve para entender
esto. Un pueblo educado, con responsabilidad
social, logrará vivir en un país soñado
y, entre esos sueños, poder leer titulares
como: no se han registrado muertes
en la ruta en lo que va del verano; no
hubo ningún parricidio; muchas tormentas
eléctricas pasaron desapercibidas
ya que la población adoptó las medidas
preventivas correspondientes; los
productos de consumo básico no aumentaron
durante las vacaciones; y otras noticias
por el estilo.
Esta relación conocimiento-educación
involucra a todos: turistas, trabajadores,
estudiantes, profesionales, legisladores,
policías, bomberos, etc. Es decir
a todos los ciudadanos, a todos los habitantes
del país. En función de ese conocimiento
cada uno de ellos deberá actuar
de forma criteriosa, con conocimiento,
para prevenir esas muertes o esos daños
evitables. Volvamos a los ejemplos: un
alumno de primaria y secundaria debería
saber que en las tormentas eléctricas deberá
suspender las actividades al aire
libre; a su vez el responsable del predio
al aire libre (llámase dueño de la cancha,
pileta, playa, club o patio del vecino,
etc.) deberá arbitrar los medios para establecer
una normativa (de educación e información)
para prevenir daños. Un turista
debería saber qué hacer si se
enfrenta en el mar, la montaña o en el río
con una situación similar, y exigir al propietario
del sitio (público o privado), que
seguramente le ofrece el servicio recreativo,
que informe y eduque y dé pautas
de acción, como así también que arbitre
los medios para hacerlas cumplir. Un policía
debería exigir en forma similar si
observa que no se cumplen las normas de
seguridad. Un profesional (ingeniero,
médico, químico, abogado, periodista,
etc.) debería exigir e imponer su conocimiento
cuando observe estas situaciones
de desconocimiento. A los legisladores
les cabe la responsabilidad de hacer
llegar ese conocimiento a la población en
forma continua, a través de la escuela, de
los medios de comunicación, de charlas
informativas, de programas especiales
para “todos”, y hacer cumplir las normas
y estar vigilantes a cualquier distorsión
de las mismas.
El que no sepa o no conozca o desconozca
que los rayos, los ciclones, los tornados,
los terremotos, las inundaciones,
las epidemias, los incendios, los cortes
de luz o de agua por períodos prolongados,
los choques a alta velocidad, los
psicópatas, los perversos, los especuladores,
resultan potencialmente peligrosos
para la salud propia y de terceros,
deberá reconocer que el desconocimiento
y la deseducación también son
peligrosas, pero para toda la sociedad.
(*)Médico. Especialista en Clínica
Médica.Magíster en Educación
“L’Etat, c’est moi”
(Luis XIV, 1655)
vieja concepción de que el Estado es un ente abstracto y
ajeno, por lo que propender a su desarrollo, fortalecerlo,
se ha transformado en una necesidad, una imperiosa necesidad
de la que estamos tomando conciencia. Maduramos.
La semántica de la palabra gobierno habla de temporalidad,
lo limita a un período, dice de la oportunidad que
tienen los elegidos por el pueblo para que, siendo dignos,
cumpliendo merecidamente su tarea de conductores y respondiendo
a la confianza que se ha depositado en ellos,
puedan engrosar, fortalecer, energizar y hacer crecer el
gran panal nacional, el Aleph que nuclea los esfuerzos de
todos, el gran cerebro adonde van a parar, para su conjunción,
crecimiento y prosperidad, las labores y esfuerzos
de cada uno. Cada pensamiento obra y creación deben ser
encauzadas por el gobierno hacia una bien orquestada y
constructiva comunicación de las neuronas estatales.
La connotación de Estado resulta, entonces, de la suma
de los resultados que se registran en la atemporalidad, en
la permanencia.
Por lo que a ese eje vertebrador deben dirigirse las acciones
de todos los que formamos el país, desde las de
cada obrero, desde la abeja reina a cada ciudadano que, en
nuestro humano caso, nunca, nunca debieran permitirse
ser zánganos.
El día en que los argentinos tengamos claro que el que
gobierna llega para asumir responsablemente una misión
que se continúa y proyecta en el tiempo, que se debe articular
en el Estado lo bueno conseguido corrigiendo los
desaciertos; cuando el gobierno subordine sus intereses,
sobre todo personales, al destino del Estado, se ha de solidificar
o debilitar lo que es de todos.
La grandeza o la provocada pequeñez de nuestro país
es la propia y nuestra vida cotidiana personal, sobre todo
el crecimiento o estancamiento material y espiritual, depende
del Estado argentino que necesita clarificar un objetivo
común, distintivo, fuerte, seguro de sus pasos, con
una educación, su gran vertebradora, que marche hacia
fines que vigoricen su identidad y que sean conocidos por
todos los ciudadanos. Fines que, lamentablemente, aún
no se distinguen o perfilan.
La vida de cada uno depende de un país que sabe
adónde va, que ha encontrado su esencia y marcha a su
madurez. De un Estado que nos hace sentir partícipes y
nos involucra a todos.
Si hace más de dos siglos fuimos un país respetado por
toda América y el mundo por su emergencia; si marchaba
a la vanguardia en educación, en seguridad, en bonanza
económica; si mucho podía hacerse porque no existían límites
para su crecimiento, tenemos la esperanza de recuperar
ese camino para lograr su prometido desarrollo.
El Estado, de resultas de actitudes claras, debe dejar
atrás la sociedad desmigajada en que nos hemos convertido
para que logremos ajustar sus tareas esenciales,
como: el cuidado de nuestras fronteras, la emisión de una
moneda estable, el control de la inflación, un desempeño
policial y militar acorde a los grandes objetivos nacionales,
el mejoramiento de una educación que forme ciudadanos
pensantes y libres y la lucha contra el narcotráfico,
mal del que derivan, como sabemos, grandes y
dolorosos sufrimientos, etc.
Dos significados que deben complementarse: un Estado
fuerte y permanente. Un gobierno que hace lo suyo
deja sus marcas y pasa, tal como lo expresó Licinio: “Sólo
la autoridad de ser dignos nos pertenece para siempre. El
poder y la púrpura nos son prestados. Pertenecen al Estado
romano”.
(*) Educadora y escritora

El trabajo y la realización humana

GLADYS SEPPI Fernández (*)
Signo de vitalidad, energía, fuerza y salud física y mental, el trabajo eleva la vida del hombre y del colectivo social al que pertenece. De esa manera podemos decir que, desde la etapa de imitación de los juegos infantiles, pasando por la preparación de la adolescencia para un futuro desempeño en uno de los infinitos campos laborales, el trabajo es una de las columnas vertebrales del crecimiento humano.
Sin embargo hoy escasean puestos de trabajo y, paradójicamente, cuando se necesita un trabajador, no se lo encuentra en un país urgido de manos laboriosas, de músculos, de ingenio, de capacidad intelectual, de creatividad, de inventiva. En un país que necesitaría multiplicar las tareas para que las aún miles de hectáreas de campos sin cultivar se llenen de semillas, las ciudades de fábricas, el territorio nacional de escuelas donde la siembra del conocimiento arraigue en mentes más lúcidas, faltan manos, músculos, inteligencias, entusiasmo. Hace falta una labor ordenadora encaminada a un objetivo definido y asimilado por la gente.
Urge que tengamos una dirigencia que oriente y optimice la medianía del desempeño laboral actual. ¿Medianía? Tal vez debiéramos hablar de precariedad del trabajo argentino, ya que una gran parte del pueblo se recuesta hoy en la comodidad de planes sociales que, si bien aseguran la satisfacción de algunas necesidades básicas, al llevar implícita la imposibilidad de trabajar so pena de perder esos beneficios ha ido generando tal debilitamiento y conformidad que muchos se quedan en sus casas a la espera de lo que les da el gobierno.
¿Los resultados? Hombres y mujeres que reciben dádivas anulan el ejercicio de una de las tareas más ennoblecedoras del hombre, la de trabajar, crear, aportar.
Sin embargo, es por los beneficios que investigadores, técnicos, científicos han creado y perfeccionado, como se nos ha hecho la vida de más calidad, más cómoda y confortable, o es por trabajos mal realizados, por culpa del desgano, del maltrato de empleados disconformes, como la vida de todos los habitantes se vuelve más pesarosa.
Tras las leyes que organizan la vida social, los diagnósticos que describen la salud de algún órgano, la sonrisa que muestra una dentadura sana, los informes que nos previenen sobre los cambios climáticos, las rutas que surcan los aviones, el curso que siguió el Curiosity para llegar a Marte, los edificios que se levantan, en todo cuanto nos rodea está la mano del trabajo, haciendo, proyectando, experimentando y perfeccionándose.
Ante ese quehacer empeñoso de gente trabajadora nos preguntamos: ¿se ha llegado a la cúspide de los logros?, ¿se han cubierto todas las necesidades?
Creemos que no, que son muchos aún los espacios inexplorados, las soluciones que pudieran mejorar más la convivencia y optimizar la estadía del hombre en la Tierra y, sobre todo, obviamente, en la Argentina. Los problemas actuales desafían ideas fuertes, contundentes, más acción, más estudio e investigación, más cambios.
La seguridad, por ejemplo, demanda mayor dedicación policíaca y judicial; la desigualdad económica, la pobreza de millones reclaman de la inteligencia de los economistas; la dificultosa atención médica de los hospitales exige un trabajo mejor articulado, y ¡qué podemos decir que no se haya dicho de lo necesitada que está la educación de mentes directrices, de buenos y trabajadores docentes que le den nuevas fuerzas!
Por otro lado, es tiempo de valorar adecuadamente los resultados de cada tipo de oficio y profesión. ¿Se tienen en cuenta su finalidad, objetivos, efectos en el destino de los habitantes y de la misma república?
Hay actividades que tejen invisibles redes en lo subterráneo de las vidas, que apuntalan su desarrollo y que, por lo mismo, reclaman una mayor jerarquización.
Exaltar el valor de algunas labores, distinguir la primacía de unas sobre otras, es una tarea de gente pensante, comprometida, lúcida y visionaria, que logre traspasar lo meramente cuantificable para asentarse en lo que hace la vida de mayor calidad, aquello esencial e invisible a los ojos, como marcó Saint Exupéry.
La tarea docente, por ejemplo. Todavía no han surgido de los ministerios o de la misma escuela medidas que energicen y potencien la entrega del maestro, del profesor, a la gran obra que puede y debe realizar con y en favor de la vida de sus alumnos. Los ejemplos de una amorosa y convencida entrega de ideas, orientación, conocimientos aplicables, son un chispazo fugaz que pronto se apaga entre los bostezos del desgano y del desencanto. ¡Faltan los estímulos! Cuesta dar más y mejor cuando no existe reconocimiento que es, a su vez, la misión de quienes están dirigiendo desde puestos más altos. Y es desde allí, justamente, desde donde se esperan soluciones más profundas, donde debiera haber más ingeniosa y creativa labor para que todos los estamentos se articulen en un trabajo de equipos más eficientes.
Hace falta gente que trabaje en este extenso país, muchos más, porque todavía existen problemas básicos y de real incidencia en la cotidianeidad de todo el colectivo social, como es generar puestos para los miles de jóvenes desocupados que hoy deambulan por calles sin norte. Y aún más, ¡cuánto debe hacerse para que cada persona en edad de trabajar realice un oficio acorde con su talento, sus capacidades y hasta con su vocación! Por ahora, una utopía, sí, ¿pero cuántas utopías, sueños, proyectos aparentemente inalcanzables ha logrado hacer realidad el quehacer humano?
Que cada labor se realice en condiciones dignas, con alegría y placer, que permita aflorar el buen trato hacia los demás, que no transforme al hombre en una persona sin alma y malhumorada. Que cada uno ame lo que hace y vertebre su vida alrededor de un trabajo en el que se fortalezca el sentimiento del propio valor, una autoestima creciente y una creatividad efervescente, ha de dar sentido de pertenencia y aumentará la confianza de cada argentino en sí y en los demás.
¡Y cuánto debemos trabajar como sociedad para erradicar la explotación de menores, de extranjeros, de individuos vulnerables! ¡Cuánto esfuerzo se necesita para mover el gozne del cambio en mentalidades que dan mensajes solamente para la defensa de derechos y nunca de obligaciones! La sociedad urge de dirigentes que, amando el progreso, den ejemplos de integridad y de amor a la cosa pública.
¡Cuánto por hacer! Cuánta tarea en un país que, por ahora, no logra articular las entregas laborales ajustándolas a un grande y coherente proyecto nacional en el que la mirada esté enfocada no sólo en los resultados inmediatos, sino en los de mediano y largo plazo.
(*) Educadora. Escritora
gladysseppi.blogspot.com

¿A que apunta la educación Argentina?


Quizás una de las medidas más urgentes a tomar en el empeño de mejorar la educación de nuestro país y ascender a mejores puestos en los certámenes mundiales (más que por la competencia en sí, para poder medir cuánto se ha logrado en los niveles posibles de alcanzar) sea la de fijar su finalidad, a qué apunta y qué tipo de personas y ciudadanos se pretende formar.
Absolutamente carente de ellos, diluidas las metas en un borroso “aprender a aprender” sin aclarar los qué ni los cómo, la educación argentina marcha a la deriva.
Sin puerto inmediato ni mediato, debilitada su misión, ¿qué puede esperarse si no que el medioambiente que la rodea la impregne de su laxitud, de su todo vale, de la devaluación de los valores que dignifican la vida, de la exacerbación de lo instintivo, impulsivo, irracional para satisfacer el placer incontrolado, del no querer hacer, de la imitación de los “más vivos que se llevan las riquezas del país y las reparten entre quienes están a su alrededor”?
No se puede pedir a la escuela que permanezca inmune a los males ambientales mientras casi todas las instituciones manifiestan, en mayor o menor grado, haber sido alcanzadas por la corrosión, estar manchadas por las sospechas de negocios vergonzosos, es decir desgastadas y desautorizadas; no se le puede exigir lo que no se logra en el ámbito social; no se les puede pedir a los docentes lo que no pueden lograr los padres en el hogar. 
Sin embargo ella, la escuela, es una institución madre y debe buscar, imperiosamente, motivos que le den sentido y vigor, porque de su mejoramiento depende una vida social más sana. Por eso, aclarar los objetivos que persigue y resignificar términos que la orienten, es esencial,
ya que la escuela, de la misma manera en que lo
hace la familia en la primera etapa del desarrollo humano, forma a los futuros ciudadanos, los que han de llevar a su trabajo, cargo, profesión u oficio la incorporación de hábitos que más tarde, ya transformados en carácter, se vuelven imposibles de reformar.
¿Se ha pensado, por ejemplo, en refundar palabras que se han perdido en su misma obviedad o no han vuelto a repensarse, como es por ejemplo “educar”?
Tanto se habla de educación, pero ¿qué es educar? Las definiciones académicas sobran pero si las pusiéramos cerca del oído común, del hombre y padre de la calle, y tratáramos de dar claridad, podríamos decir que “educar” significa hacer conscientes ideas, conocimientos, llevarlos al cerebro reflexivo, al que piensa y elabora juicios críticos, selecciona, elige y juzga cada acción y decisión a tomar en beneficio del mejor desarrollo humano.
Entre los valores de los que poco o nada se hablan cuando se proponen fines en educación, uno de los principales es la responsabilidad.
En el aula Los docentes sufren o quizás ya están acostumbrados a la falta de cumplimiento de las tareas tanto dentro de la escuela como fuera de ella; sufren la desidia, la apatía, la indiferencia de los chicos de hoy. También sus permitidas rebeldías.
Habituados al “no estudié”, “tengo sueño, anoche me quedé hasta tarde viendo tevé”
y otras lamentables respuestas, han ido ablandando las exigencias y finalmente hoy manifiestan una débil voluntad para hacer cumplir los objetivos mínimos de su materia. De esa manera, los alumnos pasan sin saber y los docentes, que tampoco deben responder a ninguna autoridad que se haga cargo, caen en el estado de anomia actualmente generalizada. ¿Cómo pretender que los alumnos argentinos ocupen lugares más altos en los exámenes Pisa si hoy no superan los más elementales y confeccionados a la cómoda medida de los argentinos? Además, si nuestros maestros fueran sometidos a estos exámenes internacionales, ¿cuál sería el nivel que alcanzarían? Otro tema para pensar.
Restablecer la gestión de actitudes responsables de todos los agentes del quehacer escolar, hacer que el alumno actúe convencido de los bienes que puede lograr en sí mismo, poner en claro los fines parciales de cada nivel hasta lograr tanto conocimientos como actitudes y conductas, debiera ser tarea actual de la más alta conducción educativa, de los ministerios nacional y provinciales que, por lo que se puede ver, hacen muy poco, ganados también por el dejar pasar, permitir que las cosas sucedan, no intervenir; en fin, no saber adónde se dirigen. Falta convicción en los que conducen la educación argentina, falta fuerza y esa debilidad se derrama desde arriba hacia abajo.
Un gran objetivo: la responsabilidad
Es fácilmente observable que la demagogia generalizada en el orden político, familiar, y también escolar, manifestada en permisividad, sobreprotección y ahogo de posibilidades de desarrollo personal, ha producido una mayoría de ciudadanos que no responden por sus actos, que son irresponsables a pesar de haber alcanzado la edad adulta, lo que habla de un grado deficiente de preparación y madurez.
¿No es urgente, entonces, pedir que sea la familia y la escuela las que formen a las nuevas generaciones en el ejercicio de la responsabilidad? Para lograrlo habrá que empezar a tomar algunas medidas como:
En la familia, dándoles a los chicos tareas acordes a las capacidades de la edad pero de las que cada uno debe hacerse cargo.
En la escuela, con objetivos claros, secuenciados, subordinados a las grandes metas de la educación hasta lograr la participación interesada y creativa de los alumnos en su propia construcción. Con un cada vez más alto grado de exigencia sobre el que se habrá acordado con los padres y los mismos alumnos y con tareas bien pensadas que apunten al avance hacia los objetivos.
Y siempre la exaltación generosa de las acciones responsables de todos los agentes del que hacer educativo, desde la tarea ejemplar del docente que hace, cumple, da lo mejor de sí, a la de los alumnos esforzados, tan carentes hoy, en la mayoría de las escuelas, de estímulos. Hay mucho por hacer, por repensar, por trabajar. La
posibilidad de superarnos a través de la educación nos llena de renovadas esperanzas.
(*) Educadora. Escritora

El populismo, ¿pan para hoy...?


"Siembra un hábito y cosecharás un carácter; siembra un carácter y cosecharás un destino". Charles Reade

Los países más desarrollados del mundo observan hoy, estupefactos, que la Argentina, que prometía ascender a los más altos puestos en el concierto de las naciones en cuanto a prosperidad y bienestar general del pueblo, está cayendo en un estado de lamentable colapso.
¿La causa? La aplicación de un populismo demagogo y clientelista –de cuya fracasada y reiterada aplicación en distintos países del mundo da cuenta la historia– que lejos de lograr, como considera propio del término Laclau, "permitir que los de abajo asciendan a los puestos de arriba", provoca un mayor empobrecimiento de todo orden. No sólo económico.
Pero si el intento populista ha sido considerado "... la más grave enfermedad política de América Latina" (Escobar Salom), si "ningún régimen populista ha logrado cumplir sus promesas electoralistas y ha generado una corrupción incontrolable", (según el estudioso del tema Enrique Neira Fernández) ¿por qué se ha vuelto a someter a un país tan prometedor como el nuestro a la voracidad política de un régimen populista? No se habla acá del populismo en el sentido de integrar las masas populares al Estado; no se lo define, al estilo Laclau, como el populismo que se esfuerza por una real democratización, sino se lo considera como el de apoderamiento de las mayorías por parte del gobierno con propósitos electoralistas.
Lo cierto es que medios de comunicación, periodistas internacionales, economistas del mundo dedican largos párrafos a nuestro país, puesto en la mira mundial por el notable atraso que ha sufrido, desperdiciando potencialidades de progreso y prosperidad.
Entre los críticos, un argentino, Andrés Oppenheimer, un analista preocupado por nuestra problemática y cuya visión se amplía desde un canal internacional (CNN), explicó por qué marchamos tan a contrapelo de los países más progresistas del mundo y, recordando el privilegiado y promisorio lugar que ocupaba el nuestro en el concierto de las naciones un siglo atrás se pregunta: ¿qué pasó? ¿Por qué se perdió en el camino la promesa de transformar a este país, nuestro país, que se destacaba entre los latinoamericanos y en el mundo como la tierra de promisión a la que vinieron tantos inmigrantes para "hacerse la América"? ¿Qué conductas políticas y ciudadanas nos han igualado a los pueblos más atrasados del planeta, llevándonos a prácticas tan equivocadas que abortaron procesos de auténtico y sustentable desarrollo que nos tendrían hoy en una situación que asegurara al pueblo un nivel mucho más alto de su calidad de vida, puestos de trabajo digno y un mayor grado de bienestar en salud, educación, seguridad y economía?

Muchos analistas señalan como culpable al descarnado populismo, lo que es decir proteccionismo y encierro, que caracterizan al gobierno actual.

El populismo mal entendido y aplicado ha puesto grilletes a la prosperidad porque no deja actuar las fuerzas creativas del pueblo. Porque, sobre-protegiendo, anula, porque su verdadero fin es adormecerlo, satisfacer sus necesidades primarias (algo así como panza llena corazón contento) y para hacerlo da en forma de subsidios indiscriminados, planes sociales que no piden a cambio más trabajo, mejor desempeño, más esfuerzo creativo. No, solamente adhesión.

De esa manera, para sostener el sistema se ve obligado a imprimir moneda sin control, a estimular el consumo sin producción, a proteger, asfixiando a gobiernos provinciales, municipales, a los industriales, a las empresas, de cuya voluntad se apodera transformándolos en indignos súbditos y castigando con intención ejemplarizadora a quienes se atreven a insubordinarse.

Así, el pueblo, adormecidas las fuerzas que propenderían al desarrollo de sus humanas posibilidades, se contenta, satisfecho, distraído, disminuida su mirada a lo próximo e inmediato, al día a día, al pasarla bien. Es decir se queda en el pan para hoy, sin proyectos, sin ver el hambre que se avecina en el mañana.

El populismo no sólo adormece sino envilece las fuerzas creativas, ya que –según estudiosos del tema como Carlos Herrera– "sólo en condiciones de estabilidad política, seguridad jurídica, prácticas democráticas y respeto por los derechos del individuo, la economía y los negocios prosperan, es decir, disminuye la pobreza y aumenta el empleo social".

Nada es peor para el crecimiento de un país, aseguran quienes conocen, que las prácticas de intervencionismo económico, de subvenciones políticas, monopolios estatales, protecciones arancelarias, controles de precios y prohibiciones a las exportaciones, porque con ello se socava la base misma del sistema de libre mercado, cuya piedra fundacional es la idea de la competencia libre.

La voz de alarma debe llegar a la consideración del mismo pueblo ya que está estudiado, experimentado y por ello probado que: "El populismo impide que el verdadero potencial productivo de un país se ponga en movimiento; lleva a más pobreza y a más exclusión social, amén de crear corrupción y clientelismo de una insaciable voracidad". (Raimundo Frei, Chile).

El populista es en realidad un hábil vendedor de ilusiones, pero su verdadera obsesión en la vida es el poder, no el servicio a su sociedad. Por eso no asume ninguna responsabilidad por lo que promete, es decir, no hace ningún esfuerzo por contrastar lo que dice con los datos de la realidad, no coteja resultados, no examina la historia ni investiga las causas de fondo.

Indudablemente, como pasa en el orden familiar, escolar o en cualquier otra institución, la sobreprotección, el no dejar hacer ni crecer porque el padre lo sabe y hace todo, es decir la demagogia familiar y política, genera hijos o ciudadanos indisciplinados, indolentes. Vagos.

Preguntado un invitado del programa de Oppenheimer por qué hay países que han pasado de la pobreza a la bonanza y prosperidad ha respondido: "Porque forman hábitos de trabajo y esfuerzo en su gente, porque la educación pone el acento en los saberes fundamentales", a lo que sumó otro comentarista: "La escuela disciplina a los chicos, enseñándoles bien las matemáticas y agudizando su comprensión lectora, lo que los lleva a optimizar su capacidad de pensar y juzgar".

Y también, a votar mejor –agregamos nosotros–.

(*) Escritora y educadora

SCANEAMOS TRABAJOS DE ALUMNOS SOBRE DIVERSOS TEXTOS

E  Algunos ya analizados, otros que pediremos al lector busque y trabaje sobre él.
    ( Para que el lector vea las 
       diferentes manera de "ver").



   
a





Y también del sauce y el arroyo, ya analizado






Y otro....


    
                          CUENTOS DE BORGES

 Y otros de textos como "El fin", de Borges que el lector podrá buscar en las obras de este autor:

TEXTOS ARGUMENTATIVOS



     La trama argumentativa vehiculiza ideas que, al combinarse con lasfunciones del lenguaje dan 
    como resultan textos:  Prescriptivos: ( avisos, folletos), Periodísticos ( artículos de opinión, editoriales), científicos ( tesis y monografías) y políticos (  discursos).
       En los textos de este tipo el emisor  ( E )  utiliza argumentos dirigidos al receptor ( R ).  

 Norma Morandini, periodista, escribe refiriéndose al tema, en la revista RUMBOS:

  LA VIDA PLANA : (  FRAGMENTO):

(...) “Al leer esta información entendí por qué nosotros ya estamos en el futuro: la telebasura.
 Como siempre somos precursores de nosotros mismos y copiamos todo lo que viene de
 afuera, comprendí por qué los noticieros han dejado de informar para entretener, son más 
espectáculo que servicio y, sobre todo, priorizan lo interesante a lo importante.(...) 
Constato el exagerado crédito que se le da a las mediciones de audiencia por encima de lo que
 debiera ser una obligación constitucional, el derecho  de las sociedades a ser informadas.(...) 
Pero lo que habría que modificar son los noticieros. No porque no haya que mostrar el mundo 
al que, por ahora, pertenecemos, sino que la vida real brilla por su ausencia en esa pantalla 
que cada vez es más cara, más chata y más plana. Como nuestra vida.”

        Le entregamos una imagen creada por Ana María López,  periodista asistente a uno de mis cursos
 que resume el argumento guiándose por una imagen creada por ella:






A los argentinos nos llega- como todo- de afuera. También esta inclinación a ver una televisión

 que muestra una realidad oscura, a través de una pantalla plana, como nuestra vida”.